Hojas con textos de Salmos y Cánticos propios de la Liturgia de las Horas del triduo PASCUAL para ayuda de los fieles.
Viernes Santo Oficio de lectura
Viernes Santo Oficio de lectura
La Reforma de la Reforma Litúrgica
Monseñor Guido Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas del Papa,
Conferencia a sacerdotes, 6- I- 2010. Traducción de: Zenit.org.
EnglishINTRODUCCIÓN AL ESPÍRITU DE LA LITURGIA
Quiero concentrarme con ustedes en algunos aspectos ligados al espíritu de la liturgia. Quiero abarcar mucho, y querría decir muchas cosas. No sólo porque es una tarea exigente y compleja hablar sobre el espíritu de la liturgia, sino también porque se han escrito muchos trabajos importantes que tratan esta materia por autores de incuestionable más alto calibre en teología y liturgia. Pienso en dos personas en particular entre otros muchos: Romano Guardini y Joseph Ratzinger.
Por otra parte, es verdad que hoy es particularmente necesario hablar sobre el espíritu de la liturgia, especialmente para nosotros, sacerdotes. Es urgente reafirmar el “autentico” espíritu de la liturgia, tal y como está presente en la ininterrumpida tradición de la Iglesia, y está atestiguado, en continuidad con el pasado, en las más recientes enseñanzas del Magisterio: comenzando desde el Concilio Vaticano II hasta Benedicto XVI. Uso a propósito la palabra “continuidad”, una palabra muy querida por nuestro actual pontífice, que h a hecho de ella el único criterio autoritativo por medio del cual uno puede correctamente interpretar la vida de la Iglesia, y más específicamente, los documentos conciliares, incluyendo todas las propuestas de reforma contenidas en ellos. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Puede uno verdaderamente hablar de una Iglesia del pasado y de una Iglesia del futuro como si hubiera tenido lugar una ruptura histórica en el cuerpo de la Iglesia? ¿Podría alguien decir que la Esposa de Cristo ha vivido sin la asistencia del Espíritu Santo en un particular periodo del pasado, de manera que su recuerdo debiera ser borrado, olvidado a propósito?
Sin embargo, a veces parece que algunos dan la impresión de apoyar una auténtica ideología, o más bien una preconcebida noción aplicada a la historia de la Iglesia que nada tiene que ver con la fe auténtica.
Fruto de esta engañosa ideología es, por ejemplo, la continua distinción entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar. Este lenguaje puede ser legítimo, pero a condición de que de este modo no se esté hablando de dos Iglesias: una, la Iglesia preconciliar, que no tiene nada más que decir o que dar, porque ya ha sido superada, y una segunda, la Iglesia posconciliar, una nueva realidad nacida del Concilio y, por su supuesto espíritu, en ruptura con su pasado. Esta manera de hablar y aún más de pensar, no debe ser la nuestra. Además de ser incorrecta, está superada y anticuada, quizá es históricamente comprensible, pero está ligada a una época en la vida de la Iglesia que ya ha concluido.
Lo que hemos dicho hasta ahora sobre la “continuidad”, ¿tiene algo que ver con el asunto que queremos afrontar? Si, totalmente. Pues no puede haber auténtico espíritu de la liturgia si no se acerca a ella con espíritu sereno, dejando de lado todas las polémicas con respecto al pasado reciente o remoto. La liturgia no puede y no debe ser un terreno de conflicto entre aquellos que sólo ven lo bueno en lo que vino antes de nosotros, y aquellos que, por el contrario, casi siempre ven lo malo en lo que vino antes. La única disposición que nos permite alcanzar el autentico espíritu de la liturgia, con gozo y verdadero gusto espiritual, es considerar el pasado y el presente de la liturgia de la Iglesia como un patrimonio en continuo desarrollo homogéneo. Un espíritu, por tanto, que debemos recibir de la Iglesia y no una invención nuestra. Un espíritu, añado, que nos lleva a lo esencial de la liturgia, es decir, a la oración inspirada y guiada por el Espíritu Santo, en quien Cristo continúa a hacerse presente entre nosotros hoy, e irrumpe en nuestras vidas. En realidad, el espíritu de la liturgia es la liturgia del Espíritu.
No pretendo agotar el tema propuesto, ni tratar todos los diferentes argumentos necesarios para un entendimiento panorámico y amplio de la cuestión. Me limitaré a considerar algunos aspectos de la esencia de la liturgia, haciendo referencia en concreto a la celebración de la Eucaristía, tal y como la Iglesia los presenta, tal y como he aprendido a profundizar en ellos durante estos dos años al servicio de nuestro Santo Padre, Benedicto XVI. Él es un autentico maestro del espíritu de la liturgia por su enseñanza o por el ejemplo que de su manera de celebrar.
Si en estas reflexiones sobre la esencia de la liturgia hago observaciones sobre algunos comportamientos que no considero en completa armonía con el autentico espíritu de la liturgia, lo haré sólo como una pequeña contribución para este espíritu pueda destacar aún más en toda su belleza y verdad.
1. La Sagrada Liturgia, el regalo de Dios más grande a la Iglesia
Como sabemos, el Concilio Vaticano II dedicó totalmente su primer documento a la liturgia: Sacrosanctum Concilium, definido como como la constitución sobre la sagrada liturgia.
Quiero subrayar el término sagrado en su aplicación a la “liturgia”. No se trata de una casualidad ni de un dato sin importancia. De hecho, los padres conciliares buscaron reforzar el carácter sagrado de la liturgia.
Pero, ¿qué significa carácter sagrado? Los orientales hablarían de la dimensión divina de la liturgia, es decir, de esa dimensión que no queda abandonada a la arbitraria voluntad del hombre, porque es un don que viene de lo alto. Se trata, en otras palabras, del misterio de la salvación en Cristo, confiado a la Iglesia para hacerlo disponible en cada momento y en cada lugar por medio del carácter objetivo del rito litúrgico-sacramental. Por tanto, es una realidad que nos sobrepasa, que debe ser acogida como un don, y a la que debemos dejar que nos transforme. El Concilio Vaticano II afirma: “… toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia…” (Sacrosanctum concilium, n.7)
Desde esta perspectiva no es difícil darse cuenta de lo alejados que están del autentico espíritu de la liturgia algunas prácticas. En ocasiones, bajo el pretexto de una mal entendida creatividad se ha logrado subvertir la liturgia de la Iglesia. En nombre del principio de adaptarse a la situación local y a las necesidades de la comunidad, uno se atribuye el derecho a quitar, añadir o modificar el rito litúrgico, según la subjetividad y la emotividad. En esto, nosotros los sacerdotes, tenemos una gran responsabilidad.
Por esta razón, ya en 2001, el cardenal Ratzinger afirmaba: “es necesario como mínimo de una nueva conciencia litúrgica que quite espacio a la tendencia de tratar la liturgia como si fuera un objeto que puede manipularse. Hemos llegado al punto donde grupos litúrgicos se crean por su cuenta la liturgia dominical. El resultado es ciertamente el producto de la imaginación de un grupo de individuos capaces y hábiles. Pero de esta manera falta el espacio en donde uno puede encontrarse con el “totalmente Otro”, en el cual lo santo se ofrece a sí mismo como don; con lo que me encuentro es solamente con la habilidad de un grupo de personas. Entonces nos damos cuenta de que no estamos buscando eso. Es demasiado poco, y al mismo tiempo, algo diferente. Lo más importante hoy es volver a adquirir el respeto por la liturgia, y ser consciente de que no puede manipularse. Aprender nuevamente a reconocer en su naturaleza una creación viva que crece y ha sido dada como don, por medio de la cual participamos en la liturgia celestial. Renunciar a buscar en ella nuestra propia realización personal y ver más bien en ella un don. Esto, creo, lo primero: vencer la tentación de un comportamiento despótico, que concibe la liturgia como un objeto, como la propiedad de un hombre, y volver a despertar el sentido interior de lo sagrado” (‘Dios y el Mundo’, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2001. Traducción del italiano).
Afirmar, pues, que liturgia es sagrada significa subrayar el hecho de que no vive de modificaciones esporádicas y de invenciones siempre nuevas por parte de un individuo o grupo. La liturgia no es un círculo cerrado en el que decidimos reunirnos, tal vez para animarnos unos a otros, para sentirnos que somos los protagonistas de una fiesta. La liturgia es convocación por parte de Dios para estar en su presencia; es la venida de Dios entre nosotros; es Dios que nos sale al encuentro en nuestro mundo.
Una forma de adaptación a situaciones particulares está prevista y es bueno que así sea. El mismo Misal la indica en algunas de sus secciones. Pero en éstas y sólo en éstas, y no arbitrariamente en otras. La razón para esto es importante y es bueno reafirmarla: la liturgia es un don que nos precede, un tesoro precioso que se nos ha entregado por la oración de siglos de la Iglesia, el lugar en el cual la fe ha encontrado su forma en el tiempo y su expresión en la oración. Todo esto no depende de nuestra subjetividad. No la podemos manipular, pues de este modo puede estar íntegramente a disposición de todos, ayer como hoy y también mañana. “También en nuestros tiempos,” escribió el Papa Juan Pablo II en su carta encíclicaEcclesia de Eucharistia, “la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía” (n. 52)
En la estupenda encíclica Mediator Dei, que es a menudo citada en la constitución sobre la sagrada liturgia, el Papa Pío XII define la liturgia como “…el culto público… la adoración dada por el Cuerpo Místico de Cristo en la totalidad de su Cabeza y sus miembros” (n. 20). Como queriendo decir, entre otras cosas, que en la liturgia, la iglesia “oficialmente” se identifica a sí misma en el misterio de su unión con Cristo como esposo, y en donde ella “oficialmente” se revela a sí misma. ¿Con qué enfermiza despreocupación podríamos atribuirnos el derecho de cambiar de manera subjetiva los signos sagrados que el tiempo ha depurado, por medio de los cuales la Iglesia habla de sí misma, de su identidad y de su fe?
El pueblo de Dios tiene un derecho que no puede ser ignorado nunca, en virtud del cual, a todos se les debe permitir acercarse a lo que no es solamente el pobre fruto del esfuerzo humano, sino la obra de Dios, y precisamente porque es obra de Dios, es fuente de salvación y de vida nueva.
Me detengo un momento más en este punto, que el Santo Padre lleva en el corazón, según puedo testimoniar, compartiendo con ustedes, un pasaje deSacramentum Caritatis, la exhortación apostólica de Benedicto XVI, escrita después del Sínodo sobre la Eucaristía: “al subrayar la importancia del ars celebrandi,” escribe el Santo Padre, “se pone de relieve el valor de las normas… Favorece la celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas normas… En las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia” (n. 40).
2. La orientación de la oración litúrgica
Más allá de los cambios que han caracterizado, durante el curso del tiempo, la arquitectura de las iglesias y los lugares en los cuales la liturgia tiene lugar, una convicción ha quedado clara entre la comunidad cristiana, casi hasta nuestros días. Me refiero a la oración orientada hacia oriente, una tradición que se remonta en los orígenes del cristianismo.
¿Qué se entiende por “oración dirigida hacia oriente”? Se refiere a la orientación del corazón orante hacia Cristo, de quien viene la salvación, y hacia quien se dirige tanto en el comienzo como en el fin de la historia. El sol nace en oriente, y el sol es un símbolo de Cristo, la Luz que surge de oriente. Basta recordar el pasaje mesiánico del cántico del Benedictus: “Por la insondable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de oriente”.
Estudios muy serios e incluso sumamente recientes ya han demostrado que, en toda época de su pasado, la comunidad cristiana ha encontrado el modo de expresar incluso con los signos litúrgicos externos y visibles esta orientación fundamental para la vida de fe. Por este motivo en la construcción de las iglesias el ábside está orientado hacia oriente. Cuando no se podía dar esta orientación al espacio sagrado, se recurrió al gran Crucifijo colocado sobre el altar, hacia el cual todos pudieran dirigir la mirada. Basta pensar también en los ábsides decorados con espléndidas representaciones del Señor, hacia las cuales se invitaba a elevar los ojos en el momento de la Liturgia Eucarística.
Sin entrar en el detalle de un recorrido histórico que nos llevaría a una reflexión sobre el desarrollo del arte cristiano, nos interesa reafirmar en este contexto que la oración orientada hacia oriente, más específicamente, orientada hacia el Señor, es una expresión característica del autentico espíritu de la liturgia. En este sentido, como bien recuerda el diálogo introductivo del Prefacio, en el momento de la Liturgia Eucarística, se nos invita a dirigir el corazón al Señor: “levantemos el corazón,” exhorta el sacerdote, y todos responden: “lo tenemos levantado hacia el Señor”. Ahora bien, si esta orientación siempre debe ser adoptada interiormente por toda la comunidad cristiana cuando se reúne en oración, también tiene que manifestarse con signos externos. El signo exterior tiene que ser verdadero, de manera que en él se manifieste la auténtica actitud espiritual.
Este fue el motivo de la propuesta presentada por el entonces cardenal Ratzinger, y reafirmada ahora durante su pontificado, de colocar el Crucifijo en el centro del altar, para que todos, durante la celebración de la Liturgia Eucarística, puedan verdaderamente mirar hacia el Señor, orientándo así también su oración y su corazón. Escuchemos directamente a Benedicto XVI, quien en el prefacio del primer libro de sus “Obras Completas”, dedicado a la liturgia, escribe lo siguiente: “La idea de que el sacerdote y el pueblo deberían mirarse recíprocamente durante la oración, nació sólo en la cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua Iglesia. El sacerdote y el pueblo no rezan uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto, miran hacia la misma dirección durante la oración: ya hacia oriente como un símbolo cósmico del Señor que viene, o, donde esto no sea posible, hacia la imagen de Cristo en el ábside, hacia un Crucifijo, o simplemente hacia los cielos, como nuestro Señor mismo hizo en su oración sacerdotal la noche antes de su Pasión (Juan 17, 1). Mientras tanto, afortunadamente, está abriéndose cada vez más camino la propuesta que presenté al final del capitulo que trata de esta cuestión en mi obra “El Espíritu de la Liturgia”: en vez de proceder con nuevas transformaciones, simplemente basta colocar el Crucifijo en el centro del altar, de manera que pueda ser visto por el sacerdote y los fieles y puedan dejarse guiar hacia el Señor, a quien todos se dirigen juntos en la oración”.
Y no se puede decir que el Crucifijo impide que los fieles vean al celebrante. ¡Los fieles no tienen que mirar al celebrante en ese momento de la liturgia! ¡Tienen que dirigir su mirada hacia el Señor! Del mismo modo, quien preside la celebración siempre debería poder dirigir su mirada hacia el Señor. El Crucifijo no es un impedimento para nuestra mirada; más bien abre el horizonte al mundo de Dios, lleva a contemplar el misterio, introduce la mirada en ese Cielo del que procede la única luz capaz de dar sentido a la vida en esta tierra. Nuestra mirada, en verdad, quedaría oscurecida y obstruida si nuestros ojos permanecieran fijos sólo en la presencia del hombre y su obra.
De esta forma uno puede llegar a entender por qué es todavía posible hoy celebrar la Santa Misa sobre los antiguos altares, donde los aspectos arquitectónicos y artísticos de nuestras iglesias lo sugieran. También en esto, el Santo Padre nos da un ejemplo cuando celebra la santa Eucaristía en el antiguo altar de la Capilla Sixtina, con motivo de la Fiesta del Bautismo del Señor.
En nuestro tiempo, ha entrado en nuestro vocabulario común la expresión “celebrar de cara al pueblo”. Si con esta expresión se pretende describir el lugar del sacerdote, que debido a la ubicación del altar con frecuencia se encuentra ante la asamblea, se puede aceptar. Pero sería categóricamente inaceptable si quisiera un contenido teológico. Teológicamente hablando, la Misa está siempre dirigida a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, y sería un grave error imaginar que la principal orientación de la acción sacrificial es la comunidad. Esta orientación hacia el Señor debe animar interiormente la participación litúrgica de cada quien. Es igualmente importante que esta orientación también sea bien visible en el signo litúrgico.
3. Adoración y unión con Dios
La adoración es el reconocimiento, lleno de admiración, podríamos decir incluso de éxtasis, (porque nos lleva a salir de nosotros mismos y de nuestro pequeño mundo), del infinito poder de Dios, de su incomprensible majestad, y de su amor sin límite que nos ofrece de manera totalmente gratuita, de su omnipotente y providente señorío. Consecuentemente, la adoración lleva a la reunificación del hombre y de la creación con Dios, al abandono del estado de separación, de aparente autonomía, a la pérdida de uno mismo, que es la única manera para ganarse a uno mismo.
Ante la inefable belleza de la caridad de Dios, que toma forma en el misterio del Verbo Encarnado, que murió y resucitó por nosotros, y que encuentra su manifestación sacramental en la liturgia, lo único que podemos hacer es permanecer en adoración. “El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos,” afirma el Papa Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia, “tienen una ‘capacidad’ verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística” (n. 5).
“Señor mío y Dios mío”, se nos ha enseñado a decir desde la infancia en el momento de la consagración. De este modo, tomando prestadas las palabras del apóstol Tomás, se nos ayuda a adorar al Señor, presente y vivo en las especies eucarísticas, uniéndonos a Él, y reconociéndolo como nuestro Todo. Y a partir de ahí se puede retomar el camino diario, habiendo encontrado el correcto orden de la vida, el criterio fundamental por el cual vivir y morir.
Por este motivo todo, en la acción litúrgica, en el signo de la nobleza, de la belleza, de la armonía, debe llevar a la adoración, a la unión con Dios: la música, el canto, el silencio, la manera de proclamar la Palabra del Señor, y la manera de rezar, los gestos empleados, las vestiduras litúrgicas y los vasos sagrados y otros accesorios, así como el edificio sagrado en su totalidad.Desde esta perspectiva debe ser tomada en cuenta la decisión de Benedicto XVI, quien, comenzando por la fiesta del Corpus Christi de 2008, empezó a distribuir la sagrada Comunión directamente en la lengua a los fieles arrodillados. Con este ejemplo, el Santo Padre nos invita a hacer visible nuestra actitud de adoración ante la grandeza del misterio de la presencia eucarística del Señor. Una actitud de adoración que debe ser aún más salvaguardado al acercarse a la santísima Eucaristía según otras formas hoy concedidas.
Me gusta citar una vez más otro pasaje de la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis: “Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: ‘nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non adorando - Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos‘. En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si no la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial” (n. 66).
Entre los pasajes leídos, creo que éste no debe pasar inadvertido: “[La celebración eucarística] es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia”. Gracias a la Eucaristía, sigue diciendo Benedicto XVI, “lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre” (Deus Caritas est, n.13). Por esta razón, todo en la liturgia, y más específicamente en la liturgia eucarística, debe llevara a la adoración, todo en el desarrollo del rito debe ayudar a entrar en la adoración de la Iglesia a su Señor.
Considerar la liturgia como lugar de adoración, para unirse con Dios, no significa perder de vista la dimensión comunitaria de la celebración litúrgica, y mucho menos olvidar el horizonte de la caridad. Por el contrario, sólo a través de una renovada adoración de Dios en Cristo, que toma forma en el acto litúrgico, nacerá una autentica comunión fraterna y una nueva historia de caridad y amor, que depende de la capacidad de maravillarse y actuar heroicamente, lo cual sólo la gracia de Dios puede darlo a nuestros pobres corazones. No lo recuerdan y enseñan las vidas de los santos. “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos” (Deus Caritas est, n. 14).
4. La participación activa
Han sido precisamente los santos quienes han celebrado y vivido el acto litúrgico participando en él activamente. La santidad, como resultado de sus vidas, es el testimonio más bello de una participación verdaderamente activa en la liturgia de la Iglesia.
Por este motivo, y de manera providencial, el Concilio Vaticano II insiste tanto en la necesidad de promover una autentica participación por parte de los fieles en la celebración de los sagrados misterios, al recordar la llamada universal a la santidad. Está autorizada indicación ha sido confirmada y relanzada por muchos documentos sucesivos del magisterio hasta nuestros días.
Sin embargo, no siempre se ha entendido correctamente el concepto de “participación activa”, tal y como la Iglesia la enseña y exhorta a los fieles a vivirla. Ciertamente hay participación activa cuando, durante el curso de la celebración litúrgica, se cumple con el servicio propio de cada quien; se da también una participación activa cuando se tiene una mejor comprensión de la palabra de Dios escuchada o de la oración recitada; también se da una participación activa al unir la propia voz a la de los demás en el canto… Todo esto, sin embargo, no significaría una participación verdaderamente activa si no lleva a la adoración del misterio de la salvación en Cristo Jesús, quien murió y resucitó por nosotros: sólo quien adora el misterio, acogiéndolo dentro de su vida, demuestra que ha comprendido lo que está celebrando, y, por tanto, que participa realmente en la gracia del acto litúrgico.
Como confirmación y respaldo de lo que acabo de afirmar, escuchemos una vez más las palabras de un pasaje del entonces cardenal Ratzinger, de su libro fundamental “El Espíritu de la Liturgia”: “¿En qué consiste esta participación activa? ¿Qué debemos hacer? Por desgracia, esta expresión fue rápidamente malentendida, siendo reducida a su significado exterior, el de la necesidad de una acción común, como si se tratara de poner en acción al mayor número posible de personas, lo más a menudo posible. La palabra participación hace referencia, sin embargo, a una acción principal, en la que todos deben tener parte. Si, por tanto, se quiere descubrir de qué acción se trata, ante todo hay que estar seguros de cuál es esta ‘actio’ [acción, ndt.] central, en la que todos los miembros de la comunidad deben tener parte. Con el término ‘actio’ referido a la liturgia, se entiende la Plegaria Eucarística. La auténtica acción litúrgica, el verdadero acto litúrgico, es la ‘oratio’… Esta ‘oratio’ -la solemne Plegaria Eucarística, el canon- es mucho más que un discurso; es ‘actio’ en el sentido más alto de la palabra. En ella, Cristo mismo se hace presente y toda su obra de salvación, y por esta razón, la ‘actio’ humana se convierte en secundaria y deja espacio para la ‘actio’ divina, la obra de Dios”.
De este modo, la verdadera acción que se realiza en la liturgia es la acción de Dios mismo, su obra salvadora en Cristo, en la que participamos. Esta es, entre otras cosas, la verdadera novedad de la liturgia cristiana con respecto a cualquier otro acto de culto: Dios mismo actúa y realiza lo que es esencial, mientras el hombre es llamado a abrirse a la acción de Dios, a dejarse transformar. Consecuentemente, el aspecto esencial de la participación activa consiste en superar la diferencia entre la acción de Dios y nuestra acción, que lleguemos a ser uno con Cristo. Por este motivo, reafirmando lo que antes he dicho, no es posible participar sin adorar. Escuchemos otro pasaje de Sacrosanctum Concilium: “Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (n. 48).
Comparado con esto, todo lo demás es secundario. Me refiero en particular a las acciones externas, si bien importantes y necesarias, previstas sobre todo durante la Liturgia de la Palabra. Hago referencia a las acciones externas porque, si se convierten en la preocupación esencial y se reduce la liturgia a un acto genérico, en ese caso se malentendería el autentico espíritu de la liturgia. Por tanto, una autentica educación en la liturgia no puede consistir simplemente en aprender y practicar acciones exteriores, sino en una introducción a la acción esencial, que es Dios mismo, el misterio pascual de Cristo, a quien siempre debemos permitirle encontrarnos, involucrarnos, transformarnos. Y no hay que confundir el cumplimiento de gestos externos con la correcta participación corporal en el acto litúrgico.Sin quitar nada del significado y la importancia de la acción externa que acompaña el acto interior, la Liturgia exige mucho más del cuerpo humano. Requiere, de hecho, su esfuerzo total y renovado en las acciones diarias de esta vida. Esto es lo que el Santo Padre, Benedicto XVI llama “coherencia eucarística“. El ejercicio oportuno y fiel de esta coherencia constituye la expresión más auténtica de la participación, incluso corporal, en el acto litúrgico, la acción salvífica de Cristo.
Y añado: ¿estamos de verdad seguros de que la promoción de una participación activa consiste en hacer que todo sea inmediatamente comprensible? ¿No será que la penetración en el misterio de Dios puede acompañarse mejor en ocasiones con aquello que toca las razones del corazón? ¿A caso no se da en ocasiones un espacio desproporcionado a las palabras vacías y triviales, olvidando que forman parte de la liturgia palabra y silencio, canto y música, imágenes, símbolos, y gestos? ¿Y no pertenecen quizá a este lenguaje que introduce en el corazón del misterio y, por tanto, a la verdadera participación, el latín, el canto gregoriano, la polifonía sagrada?
Música sagrada o litúrgica
De hecho, para entrar de manera auténtica en el espíritu de la liturgia, no se puede prescindir de la cuestión de la música sagrada o litúrgica.
En este sentido, me permito sólo una breve reflexión orientativa. Uno podría preguntarse por qué la Iglesia por medio de sus documentos, más o menos recientes, insiste en indicar un cierto tipo de música y de canto como particularmente adecuados para la celebración litúrgica. Ya en tiempos del Concilio de Trento la Iglesia intervino en el conflicto cultural que se desarrollaba en ese entonces, restableciendo la norma, según la cual, la fidelidad a la palabra es prioritaria, limitando el uso de instrumentos e indicando una clara diferencia entre música profana y música sagrada. La música sagrada, no puede ser entendida como una expresión puramente subjetiva. Se basa en textos bíblicos o de la tradición, que se celebran en forma de canto. Posteriormente, el Papa san Pío X tuvo una intervención análoga, al tratar de alejar la música de la ópera de la liturgia e indicando el canto gregoriano y la polifonía de la época de la renovación católica como el criterio para la música litúrgica, que debe ser distinguido de la música religiosa en general. El Concilio Vaticano II no hizo más que reafirmar las mismas indicaciones, así como los más recientes documentos magisteriales.
¿Por qué insiste la Iglesia en proponer ciertas características típicas de la música sagrada y del canto litúrgico de manera que se distingan de todas las demás formas de música? Y, ¿por qué el canto gregoriano y la sagrada polifonía clásica se han convertido en las formas ejemplares a la luz de las cuales hay que seguir produciendo música litúrgica y popular?
La respuesta a estas preguntas reside precisamente en lo que hemos tratado de afirmar con respecto al espíritu de la liturgia. Esas formas de música, en su santidad, su bondad y su universalidad, traducen en notas, en melodías y en canto el autentico espíritu litúrgico: orientando a la adoración del misterio celebrado, favoreciendo una autentica e íntegra participación, ayudando a quien escucha a captar lo sagrado y, por tanto, la esencial primacía de la acción de Dios en Cristo, permitiendo un desarrollo musical anclado en la vida de la Iglesia y en la contemplación de su misterio.
Permítanme citar a J. Ratzinger por última vez: “Gandhi subraya tres espacios vitales en el cosmos, y demuestra cómo cada uno de ellos comunica incluso su propio modo de ser. Los peces viven en el mar y están callados. Los animales terrestres gritan, pero los pájaros, cuyo espacio vital son los cielos, cantan. El silencio es propio del mar, el grito es propio de la tierra, y el canto es propio de los cielos. El hombre, sin embargo, participa en los tres: lleva en sí lo profundo del mar, el peso de la tierra, y la altura de los cielos; por este motivo los tres modos de existencia le pertenecen: el silencio, el grito y el canto. Hoy… vemos que, despojado de trascendencia, todo lo que le queda al hombre es gritar, porque desea ser únicamente tierra y busca convertir en tierra incluso los cielos y el fondo del mar. La verdadera liturgia, la liturgia de la comunión de los santos, lo restaura a la plenitud de su existencia. Ella le enseña de nuevo a volar, la naturaleza de un ángel; elevando su corazón, hace resonar de nuevo en él esa canción que en cierto modo ha quedado dormida. Es más, podemos decir que la verdadera liturgia se reconoce precisamente por el hecho de que nos libera del modo común de actuar, y nos restituye la profundidad y la altura, el silencio y el canto. La verdadera liturgia se reconoce por el hecho de que es cósmica, no está hecha a la medida de un grupo. Canta con los ángeles. Se calla con la profundad del universo en espera. Y de este modo redime a la tierra” (“Cantate al Signore un canto nuovo”, p. 153-154, traducción del italiano).
Termino. Desde hace algunos años, en la Iglesia, algunas voces hablan de la necesidad de una nueva renovación litúrgica, de un movimiento en cierto sentido análogo al que sentó la base para la reforma promovida por el Concilio Vaticano II, capaz de operar una reforma de la reforma, o más bien, un paso adelante en el entendimiento del autentico espíritu de la liturgia y de su celebración: llevando así a cumplimiento esa providencial reforma de la liturgia que los padres conciliares llevaron adelante pero que no siempre, en su aplicación práctica, ha podido realizarse de una manera oportuna y feliz.
No cabe duda de que en esta nueva renovación litúrgica somos nosotros los sacerdotes quienes debemos recobrar un papel decisivo. Con la ayuda de nuestro Señor y de la Santísima Virgen María, madre de todos los sacerdotes, que este más hondo desarrollo de la reforma también sea el fruto de nuestro sincero amor por la liturgia, en fidelidad a la Iglesia y al Papa.
Presentamos nuestra traducción de una extraordinaria entrevista que Andrea Tornielli ha realizado al Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
La liturgia católica vive “una cierta crisis” y Benedicto XVI quiere dar vida a un nuevo movimiento litúrgico, que vuelva a traer más sacralidad y silencio en la Misa, y más atención a la belleza en el canto, en la música y en el arte sacro.
El cardenal Antonio Cañizares Llovera, 65 años, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que cuando era obispo en España era llamado “el pequeño Ratzinger”, es el hombre al cual el Papa ha confiado esta tarea. En esta entrevista a Il Giornale, el “ministro” de la liturgia de Benedicto XVI revela y explica programas y proyectos.
*Como cardenal, Joseph Ratzinger había lamentado un cierto apresuramiento en la reforma litúrgica post-conciliar. ¿Cuál es su opinión?
La reforma litúrgica ha sido realizada con mucha prisa. Había óptimas intenciones y el deseo de aplicar el Vaticano II. Pero ha habido precipitación. No se ha dado tiempo y espacio suficiente para acoger e interiorizar las enseñanzas del Concilio; de golpe se cambió el modo de celebrar.
Recuerdo bien la mentalidad entonces difundida: era necesario cambiar, crear algo nuevo. Aquello que habíamos recibido, la tradición, era vista como un obstáculo. La reforma fue entendida como obra humana, muchos pensaban que la Iglesia era obra de nuestras manos y no de Dios. La renovación litúrgica fue vista como una investigación de laboratorio, fruto de la imaginación y de la creatividad, la palabra de mágica de entonces.
*
Como cardenal, Ratzinger había auspiciado una “reforma de la reforma” litúrgica, palabras actualmente impronunciables incluso en el Vaticano. Sin embargo, parece evidente que Benedicto XVI la desearía. ¿Puede hablar de ella?
No sé si se puede, o si conviene, hablar de “reforma de la reforma”. Lo que veo absolutamente necesario y urgente, según lo que desea el Papa, es dar vida a un nuevo, claro y vigoroso movimiento litúrgico en toda la Iglesia. Porque, como explica Benedicto XVI en el primer volumen de su Opera Omnia, en la relación con la liturgia se decide el destino de la fe y de la Iglesia. Cristo está presente en la Iglesia a través de los sacramentos. Dios es el sujeto de la liturgia, no nosotros. La liturgia no es una acción del hombre sino que es acción de Dios.
*El Papa, más que con las decisiones bajadas de lo alto, habla con el ejemplo: ¿cómo leer los cambios por él introducidos en las celebraciones papales?
Ante todo, no debe haber ninguna duda sobre la bondad de la renovación litúrgica conciliar, que ha traído grandes beneficios en la vida de la Iglesia, como la participación más consciente y activa de los fieles y la presencia enriquecida de la Sagrada Escritura. Pero más allá de estos y otros beneficios, no han faltado sombras, surgidas en los años sucesivos al Vaticano II: la liturgia, esto es un hecho, ha sido “herida” por deformaciones arbitrarias, provocadas también por la secularización que por desgracia golpea también dentro de la Iglesia. En consecuencia, en muchas celebraciones no se pone ya en el centro a Dios sino al hombre y su protagonismo, su acción creativa, el rol principal dado a la asamblea. La renovación conciliar ha sido entendida como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la tradición. Debemos reavivar el espíritu de la liturgia y para esto son significativos los gestos introducidos en las liturgias del Papa: la orientación de la acción litúrgica, la cruz en el centro del altar, la comunión de rodillas, el canto gregoriano, el espacio para el silencio, la belleza en el arte sagrado. Es también necesario y urgente promover la adoración eucarística: frente a la presencia real del Señor no se puede más que estar en adoración.
*
Cuando se habla de una recuperación de la dimensión de lo sagrado está siempre quien presenta todo esto como un simple retorno al pasado, fruto de nostalgia. ¿Cómo responde?
La pérdida del sentido de lo sagrado, del Misterio, de Dios, es una de las pérdidas más graves de consecuencias para un verdadero humanismo. Quien piensa que reavivar, recuperar y reforzar el espíritu de la liturgia, y la verdad de la celebración, es un simple retorno a un pasado superado, ignora la verdad de las cosas. Poner la liturgia en el centro de la vida de la Iglesia no es para nada nostálgico sino que, por el contrario, es la garantía de estar en camino hacia el futuro.
*¿Cómo juzga el estado de la liturgia católica en el mundo?
Frente al riesgo de la rutina, frente a algunas confusiones, a la pobreza y a la banalidad del canto y de la música sagrada, se puede decir que hay una cierta crisis. Por eso es urgente un nuevo movimiento litúrgico. Benedicto XVI, indicando el ejemplo de San Francisco de Asís, muy devoto del Santísimo Sacramento, explicó que el verdadero reformador es alguien que obedece a la fe: no se mueve de modo arbitrario y no se arroga ninguna discrecionalidad sobre el rito. No es el dueño sino el custodio del tesoro instituido por el Señor y confiado a nosotros. El Papa, por lo tanto, pide a nuestra Congregación promover una renovación conforme al Vaticano II, en sintonía con la tradición litúrgica de la Iglesia, sin olvidar la norma conciliar que prescribe no introducir innovaciones sino cuando lo requiere una verdadera y comprobada utilidad para la Iglesia, con la advertencia de que las nuevas formas, en todo caso, deben surgir orgánicamente de las ya existentes.
*
¿Qué intentáis hacer como Congregación?
Debemos considerar la renovación litúrgica según la hermenéutica de la continuidad en la reforma indicada por Benedicto XVI para leer el Concilio. Y para hacer esto es necesario superar la tendencia a “congelar” el estado actual de la reforma post-conciliar, en un modo que no hace justicia al desarrollo orgánico de la liturgia de la Iglesia.
Estamos intentando llevar adelante un gran empeño en la formación de sacerdotes, seminaristas, consagrados y fieles laicos para favorecer la comprensión del verdadero significado de las celebraciones de la Iglesia. Esto requiere una adecuada y amplia instrucción, vigilancia y fidelidad en los ritos y una auténtica educación para vivirlos plenamente. Este empeño será acompañado por la revisión y por la actualización de los textos introductorios a las diversas celebraciones (prenotanda). Somos también conscientes de que dar impulso a este movimiento no será posible sin una renovación de la pastoral de la iniciación cristiana.
*Una perspectiva que debería ser aplicada también al arte y a la música…
El nuevo movimiento litúrgico deberá hacer descubrir la belleza de la liturgia. Por eso, abriremos una nueva sección de nuestra Congregación dedicada a “Arte y música sacra” al servicio de la liturgia. Esto nos llevará a ofrecer cuanto antes criterios y orientaciones para el arte, el canto y la música sacras. Como también pensamos ofrecer lo antes posible criterios y orientaciones para la predicación.
*
En las iglesias desaparecen los reclinatorios, la Misa a veces es todavía un espacio abierto a la creatividad, se cortan incluso las partes más sagradas del canon: ¿cómo invertir esta tendencia?
La vigilancia de la Iglesia es fundamental y no debe ser considerada como algo inquisitorio o represivo sino como un servicio. En todo caso, debemos hacer a todos conscientes de la exigencia no sólo de los derechos de los fieles sino también del “derecho de Dios”.
*Existe también el riesgo opuesto, es decir, el de creer que la sacralidad de la liturgia depende de la riqueza de los ornamentos: una posición fruto de esteticismo que parece ignorar el corazón de la liturgia…
La belleza es fundamental pero es algo muy distinto de un esteticismo vacío, formalista y estéril, en el cual a veces se cae. Existe el riesgo de creer que la belleza y la sacralizad de la liturgia dependen de la riqueza o de la antigüedad de los ornamentos. Se requiere una buena formación y una buena catequesis basada en el Catecismo de la Iglesia Católica, evitando también el riesgo opuesto, el de la banalización, y actuando con decisión y energía cuando se recurre a usanzas que han tenido su sentido en el pasado pero actualmente no lo tienen o no ayudan de ningún modo a la verdad de la celebración.
*
¿Puede dar alguna indicación concreta sobre qué podría cambiar en la liturgia?
Más que pensar en cambios, debemos comprometernos en reavivar y promover un nuevo movimiento litúrgico, siguiendo la enseñanza de Benedicto XVI, y reavivar el sentido de lo sagrado y del Misterio, poniendo a Dios en el centro de todo. Debemos dar impulso a la adoración eucarística, renovar y mejorar el canto litúrgico, cultivar el silencio, dar más espacio a la meditación. De esto surgirán los cambios…
Fuente: Il Giornale
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
jueves 7 de junio de 2012
Queridos hermanos y hermanas:
Esta tarde quiero meditar con vosotros sobre dos aspectos, relacionados entre sí, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad. Es importante volverlos a tomar en consideración para preservarlos de visiones incompletas del Misterio mismo, como las que se han dado en el pasado reciente.
Ante todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia que también esta tarde viviremos nosotros después de la misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y al terminar.
Una interpretación unilateral del concilio Vaticano II había penalizado esta dimensión, restringiendo en la práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une a sí en la ofrenda del Sacrificio. Esta valorización de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, obviamente sigue siendo válida, pero debe situarse en el justo equilibrio. De hecho —como sucede a menudo— para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro.
En este caso, la justa acentuación puesta sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la santa misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como «Corazón palpitante» de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades. El Sacramento de la caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.
En realidad, es un error contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competición una contra otra. Es precisamente lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento es como el «ambiente» espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. La acción litúrgica sólo puede expresar su pleno significado y valor si va precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración. El encuentro con Jesús en la santa misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, tras disolverse la asamblea, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.
En este sentido, me complace subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración todos estamos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido muchas veces en la basílica de San Pedro, y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes; recuerdo por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente a todos que estos momentos de vigilia eucarística preparan la celebración de la santa misa, preparan los corazones al encuentro, de manera que este resulta incluso más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento es una de las experiencias más auténticas de nuestro ser Iglesia, que va acompañado de modo complementario con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntas. Para comulgar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la Comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: «Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando el nombre del Señor» (Sal 115, 16-17).
Ahora quiero pasar brevemente al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía.
También aquí, en el pasado reciente, de alguna manera se ha malentendido el mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana respecto al culto ha sufrido la influencia de cierta mentalidad laicista de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y sigue siendo siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual.
Y, sin embargo, de esta novedad fundamental no se debe concluir que lo sagrado ya no exista, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que hemos escuchado esta tarde en la segunda lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, «sumo sacerdote de los bienes definitivos» (Hb 9, 11), pero no dice que el sacerdocio se haya acabado. Cristo «es mediador de una alianza nueva» (Hb 9, 15), establecida en su sangre, que purifica «nuestra conciencia de las obras muertas» (Hb 9, 14). Él no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que sí es plenamente espiritual pero que, sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que sólo desaparecerán al final, en la Jerusalén celestial, donde ya no habrá ningún templo (cf. Ap 21, 22). Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede con los mandamientos, también más exigente. No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida.
Me complace subrayar también que lo sagrado tiene una función educativa, y su desaparición empobrece inevitablemente la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Christi, el perfil espiritual de Roma resultaría «aplanado», y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre y un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar campo libre a los numerosos sucedáneos presentes en la sociedad de consumo, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no obró así con la humanidad: envió a su Hijo al mundo no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. Actuando de este modo se puso a sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo dentro de un rito, que mandó a los Apóstoles perpetuar, como signo supremo de lo Sagrado verdadero, que es él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.
1. La renovación de las celebraciones de la solemnidad de Pascua y de toda la Semana Santa, actuada en un primer momento por Pío XII en 1951 y 1955 respectivamente, fue recibida en general por todas las Iglesias de rito romano con entusiasmo (1).
El Concilio Vaticano II a su vez, sobre todo en su Constitución sobre la Liturgia, puso de nuevo repetidamente en relieve, conforme a la Tradición, el misterio pascual de Cristo, y recordó que de él reciben su fuerza todos los sacramentos y sacramentales (2).
2. Del mismo modo que la semana tiene su punto de partida y su momento culminante en el domingo, caracterizado siempre por su índole pascual, así el centro culminante de todo el año litúrgico resplandece en el santo Triduo pascual de la Pasión y Resurrección del Señor, que se prepara en el tiempo de Cuaresma y que se prolonga en la alegría de los cincuenta días sucesivos (3).
3. En muchos lugares del mundo cristiano los fieles y sus pastores valoran la importancia de estas celebraciones y participan frecuentemente en ellas con gran provecho espiritual.
Sin embargo, en algunos países se ha ido atenuando con el pasar del tiempo el entusiasmo y el fervor con que se recibió la instauración de la Vigilia pascual. En algunas partes se ha llegado a perder la misma noción de «vigilia», hasta el punto de haber reducido su celebración a una mera Misa vespertina en cuanto al tiempo y el modo como se suele celebrar la Misa del domingo en la tarde del sábado precedente.
En otros lugares no se respetan los horarios convenientes del Triduo santo. Más aún, frecuentemente se colocan en horas más oportunas y cómodas para los fieles los ejercicios de piedad y las devociones populares; y en consecuencia los fieles participan en ellas más que en los oficios litúrgicos.
Sin duda estas dificultades derivan de la formación todavía insuficiente, tanto del clero como de los fieles sobre el misterio pascual en su realidad de centro del año litúrgico y de la vida cristiana.(4)
4. El hecho de que en tantísimas regiones la Semana Santa coincida con el tiempo de vacaciones, así como la mentalidad que de la sociedad actual, añaden una dificultad más para una participación de los fieles a las celebraciones.
5. Teniendo en cuenta esta realidad, la Congregación para el Culto Divino considera oportuno recordar algunos aspectos doctrinales y pastorales, así como diversas determinaciones sobre la Semana Santa publicadas en otras ocasiones. Todo lo que, en cambio, se halla en los libros litúrgicos sobre la Cuaresma, la Semana santa, el Triduo Pascual y el tiempo Pascual, continúan en vigor, a no ser que reciba una nueva interpretación en este documento.
Todas las normas mencionadas son urgidas de nuevo en virtud del presente documento en orden a mejorar la celebración de los misterios de la Redención y a favorecer la participación más fructuosa de los fieles en las mismas.(5)
I . El tiempo de Cuaresma
6. «La celebración anual de la cuaresma es un tiempo favorable, durante el cual se asciende a la santa montaña de la Pascua».
«El tiempo de cuaresma, con su doble carácter, prepara tanto a los catecúmenos como a los fieles en orden a la celebración del misterio pascual. Los catecúmenos se encaminan hacia los sacramentos de la iniciación cristiana, tanto por la «elección» y los «escrutinios», como por la catequesis; los fieles, por su parte, dedicándose con más asiduidad a escuchar la Palabra de Dios y a la oración, y mediante la penitencia, se preparan a renovar sus promesas bautismales» (6).
a) Cuestiones relativas a la iniciación cristiana
7. Toda la iniciación cristiana comporta un carácter eminente pascual en cuanto es la primera participación sacramental en la Muerte y la Resurrección de Cristo. Por esta razón conviene que la cuaresma obtenga su carácter pleno de tiempo de purificación y de iluminación, especialmente por medio de los escrutinios y las entregas; la misma Vigilia pascual ha de ser el momento adecuado para celebrar los sacramentos de la iniciación.(7)
8. Las comunidades que no tienen catecúmenos no dejen, sin embargo, de orar por aquellos que en otros lugares recibirán los sacramentos de la iniciación cristiana en la próxima Vigilia pascual. Los pastores recuerden a los fieles la importancia que tiene para fomentar su vida espiritual la profesión de la fe bautismal, que, «terminado el ejercicio de la cuaresma» (8) son invitados a renovar públicamente en la Vigilia pascual.
9. Durante la Cuaresma hay que organizar la catequesis para aquellos adultos que, bautizados, siendo niños, no la hayan recibido, y que tampoco hayan recibido aún la Confirmación y la Eucaristía. Al mismo tiempo establézcanse celebraciones penitenciales, que los lleven a recibir el sacramento de la reconciliación (9).
10. El tiempo de Cuaresma es también tiempo apropiado para llevar a cabo los ritos penitenciales, a modo de escrutinios para aquellos niños no bautizados que han llegado a una edad adecuada para la catequesis, y también para aquellos niños, ya bautizados, antes de que se acerquen por primera vez al sacramento de la Penitencia (10).
El obispo tenga sumo interés en promover la formación de los catecúmenos, tanto adultos como niños, y según las circunstancias, presida los ritos prescritos, con la asidua participación de la comunidad local (11).
b) Las celebraciones propias del tiempo de Cuaresma
11. Los domingos de Cuaresma tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y sobre todas las solemnidades. Las solemnidades que coincidan en estos domingos han de anticiparse al sábado (12). Las ferias de Cuaresma tienen preferencia sobre las memorias obligatorias (13).
12. Debe darse, sobre todo en las homilías del domingo, la catequesis del misterio pascual y de los sacramentos, explicando con mayor profundidad los textos del leccionario y, de modo especial, las perícopas evangélicas, que aclaran los diversos aspectos del Bautismo y de los demás sacramentos, así como la misericordia de Dios.
13. Los pastores expondrán la Palabra de Dios, más a menudo y con mayor empeño, ya en las homilías de los días de feria, ya en las celebraciones de la Palabra de Dios, ya en las celebraciones penitenciales (14), ya en las predicaciones especiales propias de este tiempo, ya en las visitas que hagan a las familias o grupos de familias para su bendición anual. Los fieles participen frecuentemente a las Misas feriales, y, si no les es posible, se les invitará al menos a leer, en familia o privadamente las lecturas del día.
14. «El tiempo de Cuaresma conserva su carácter penitencial» (15). «Incúlquese a los fieles por medio de la catequesis la naturaleza propia de la penitencia, que junto con las consecuencias sociales del pecado, detesta el mismo pecado en cuanto es ofensa a Dios» (16).
La virtud de la penitencia y su práctica son siempre elementos necesarios de la preparación pascual: la práctica externa de la penitencia, tanto de los individuos como de toda la comunidad ha de ser el resultado de la conversión del corazón. Esta práctica, si bien debe acomodarse a las circunstancias y exigencias de nuestro tiempo, sin embargo no puede prescindir del espíritu de la penitencia evangélica, y ha de orientarse también al bien de los hermanos.
No se olvide tampoco de la participación de la Iglesia en la acción penitencial, e insístase en la oración por los pecadores, introduciéndola frecuentemente en la oración universal (17).
15. Recomiéndase a los fieles una participación más intensa y más fructuosa en la liturgia cuaresmal y en las celebraciones penitenciales. Exhórteseles, sobre todo, para que, según la ley y las tradiciones de la Iglesia, se acerquen en este tiempo al sacramento de la Penitencia, y puedan así participar con el alma purificada en los misterios pascuales. Es muy conveniente que el sacramento de la Penitencia se celebre, durante el tiempo de Cuaresma, según el rito para reconciliar varios penitentes con la confesión y absolución individual, tal como viene indicado en el Ritual Romano (18).
Los pastores estarán más disponibles para el ejercicio del ministerio de la reconciliación, y darán facilidades para celebrar el sacramento de la Penitencia ampliando los horarios para las confesiones individuales.
16. Todas las diversas manifestaciones de la observancia cuaresmal han de contribuir a mostrar y fomentar la vida de la Iglesia local. Por esta razón se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas «Estaciones» romanas. Estas asambleas de fieles pueden ser convocadas, especialmente presididas por el Pastor de diócesis, o junto a los sepulcros de los santos, o en las principales iglesias de la ciudad, o en los santuarios, o en otros lugares tradicionales de peregrinación que sean más frecuentados en la diócesis (19).
17. «En tiempo de Cuaresma queda prohibido adornar con flores el altar, y se permiten los instrumentos musicales sólo para sostener el canto» (20), como corresponde al carácter penitencial de este tiempo.
18. Asimismo desde el comienzo de la Cuaresma hasta la Vigilia pascual no se dice Aleluya en ninguna celebración, incluidas las solemnidades y las fiestas (21).
19. Los cantos de las celebraciones, y especialmente de la Misa, así como los de los ejercicios piadosos, han de ser conformes al espíritu de este tiempo y corresponder lo más posible a los textos litúrgicos.
20. Foméntense los ejercicios piadosos que responden mejor al carácter del tiempo de Cuaresma, como es el «Via Crucis», y sean imbuidos del espíritu de la liturgia, de suerte que conduzcan a los fieles a la celebración del misterio pascual de Cristo.
c) Elementos propios para determinados días de la Cuaresma
21. El miércoles que precede al primer domingo de Cuaresma, los fieles cristianos inician con la imposición de la ceniza el tiempo establecido para la purificación del espíritu. Con este signo penitencial, que viene de la tradición bíblica y se ha mantenido hasta hoy en la costumbre de la Iglesia, se quiere significar la condición del hombre pecador, que confiesa externamente su culpa ante el Señor y expresa su voluntad interior de conversión, confiando en que el Señor se muestre compasivo para con él. Con este mismo signo comienza el camino de su conversión que culminará con la celebración del sacramento de la Penitencia, en los días que preceden a la Pascua (22).
La bendición e imposición de la ceniza se puede hacer o durante la Misa o fuera de la misma. En este caso se inicia con la liturgia de la Palabra y se concluye en la oración de los fieles (23).
22. El miércoles de ceniza es un día penitencial obligatorio para toda la Iglesia y que comporta la abstinencia y el ayuno (24).
23. El Domingo I de Cuaresma es el comienzo del venerable sacramento de la observancia cuaresmal anual (25). En la Misa de este día utilícense elementos que subrayen su importancia, por ejemplo la procesión de entrada con el canto de las letanías de los Santos (26) . Es conveniente que el Obispo celebre dentro de la Misa del Domingo I de Cuaresma el rito de la elección de los catecúmenos en la iglesia catedral o en otra iglesia, de acuerdo con las exigencias pastorales.(27)
24. Las perícopas evangélicas de la samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro, propias de los domingos III, IV y V de Cuaresma del año A, dada su importancia en relación con la iniciación cristiana, pueden leerse también en los años B y C, especialmente allí donde hay catecúmenos (28).
25. En el IV domingo de Cuaresma («Laetare»), así como en las solemnidades y fiestas, se permiten los instrumentos musicales y adornar el altar con flores. En el mencionado domingo se pueden usar ornamentos de color rosado (29).
26. La costumbre de cubrir las cruces y las imágenes de las iglesias, a partir del domingo V de Cuaresma, puede conservarse, a juicio de la Conferencia de los Obispos. Las cruces permanecen cubiertas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes santo, y las imágenes hasta el comienzo de la Vigilia Pascual (30).
II. La Semana Santa
27. Durante la Semana santa, la Iglesia celebra los misterios de la salvación actuados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén.
El tiempo de Cuaresma continúa hasta el jueves. A partir de la Misa vespertina «en la Cena del Señor» comienza el Triduo pascual, que continúa durante el Viernes de la Pasión del Señor y el Sábado Santo, y tiene su centro en la Vigilia Pascual y acaba con las Vísperas del domingo de Resurrección.
«Las ferias de Semana Santa, desde el lunes hasta el jueves inclusive, tienen preferencia sobre cualquier otra celebración» (31). Conviene que en estos días no se administren los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
a) Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
28. La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, que comprende a la vez el presagio del triunfo real de Cristo y el anuncio de la Pasión. La relación entre los dos aspectos del misterio pascual se ha de evidenciar en la celebración en la catequesis del día (32).
29. La entrada del Señor en Jerusalén, ya desde antiguo, se conmemora con una procesión, en la cual los cristianos celebran el acontecimiento, imitando las aclamaciones y gestos, que hicieron los niños hebreos cuando salieron al encuentro del Señor, cantando el fervoroso «Hossana» (33).
La procesión sea única y tenga lugar antes de la Misa en la que haya más presencia de fieles; puede hacerse también en las horas de la tarde, ya sea del sábado ya del domingo. Para ello hágase, en lo posible, la reunión de la asamblea en otra iglesia menor, o en un lugar apto fuera de la iglesia hacia la cual se dirigirá la procesión.
Los fieles participan que esta procesión llevando en las manos ramos de palma o de otros árboles. Los sacerdotes y los ministros, llevando también ramos, preceden al pueblo (34).
La bendición de ramos o palmas tiene lugar en orden a la procesión que seguirá. Los ramos conservados en casa recuerdan a los fieles la victoria de Cristo, que se ha celebrado con la procesión.
Los pastores hagan todo lo posible para que la preparación y la celebración de esta procesión en honor de Cristo Rey, pueda tener un fructuoso influjo espiritual en la vida de los fieles.
30. Para la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén, además de la procesión solemne, que se acaba de describir, el Misal ofrece otras dos posibilidades, no para fomentar la comodidad y la facilidad, sino en previsión de las dificultades que puedan impedir la organización de una procesión.
La segunda forma de la conmemoración es una entrada solemne, que tiene lugar cuando no puede hacerse la procesión fuera de la iglesia. La tercera forma es la entrada sencilla, que ha de hacerse en todas las Misas de este domingo en las que no ha tenido lugar la entrada solemne.(35)
31. Donde no se puede celebrar la Misa es conveniente que se haga una celebración de la Palabra de Dios sobre la entrada mesiánica y la Pasión del Señor, ya sea el sábado por la tarde, ya el domingo a la hora más oportuna (36).
32. Durante la procesión los cantores y el pueblo cantan los cantos indicados en el Misal Romano como son el salmo 23 el salmo 46, y otros cantos apropiados en honor de Cristo Rey.
33. La historia de la Pasión goza de una especial solemnidad. Es aconsejable que se mantenga la tradición en el modo de cantarla o leerla, es decir, que sean tres personas que hagan las veces de Cristo, del narrador y del pueblo. La Pasión ha de ser proclamada ya por diáconos o presbíteros, ya, en su defecto, por lectores, en cuyo caso, la parte correspondiente a Cristo se reserva al sacerdote.
Para la proclamación de la Pasión no se llevan ni luces ni incienso, ni se hace al principio el saludo al pueblo como de ordinario para el Evangelio, ni se signa el libro. Tan solo los diáconos piden la bendición al sacerdote (37).
Para el bien espiritual de los fieles conviene que se lea por entero la narración de la Pasión, y que no se omitan las lecturas que la preceden.
34. Terminada la lectura de la Pasión no se omita la homilía.
b) Misa crismal
35. La Misa crismal, en la cual el Obispo que concelebra con su presbiterio, consagra el santo Crisma y bendice los demás óleos, es una manifestación de la comunión existente entre el obispo y sus presbíteros en el único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo (38).
Para esta Misa ha de convocarse a los presbíteros de las diversas partes de la diócesis para concelebrar con el obispo; y ser testigos y cooperadores en la consagración del Crisma, del mismo modo que en el ministerio cotidiano son sus colaboradores y consejeros.
Conviene que se invite encarecidamente también a los fieles a participar en esta Misa, y que en ella reciban el sacramento de la eucaristía.
La Misa crismal se celebra, conforme a la tradición, el jueves de la Semana Santa. Sin embargo, si es difícil para el clero y el pueblo reunirse aquel día con el Obispo, esta celebración puede anticiparse a otro día, pero siempre cercano a la Pascua (39). El nuevo Crisma y el nuevo óleo de los catecúmenos se han de utilizar en la celebración de los sacramentos de la iniciación en la noche pascual.
36. La celebración de la Misa crismal sea única a causa de su significación en la vida de la diócesis, y celébrese en la iglesia catedral o, por razones pastorales, en otra iglesia especialmente si es más insigne (40).
La recepción de los óleos sagrados en las distintas parroquias puede hacerse o antes de la celebración de la Misa vespertina «en la Cena del Señor», o en otro momento más oportuno. Esto puede ayudar a la formación de los fieles sobre el uso y efecto de los óleos y del Crisma en la vida cristiana.
c) Celebración penitencial de final de la Cuaresma
37. Es muy conveniente que el tiempo de la Cuaresma termine, tanto para cada uno de los fieles como para toda la comunidad cristiana, con alguna celebración penitencial, que prepare a una más plena participación en el misterio pascual (41).
Esta celebración tendrá lugar antes del Triduo Pascual, y no precederá inmediatamente a la Misa vespertina «en la Cena del Señor».
III. Del Triduo Pascual en general
38. La Iglesia celebra cada año los grandes misterios de la redención de los hombres desde la Misa vespertina del jueves en la Cena del Señor «hasta las Vísperas del domingo de Resurrección». Este período de tiempo se denomina justamente el «Triduo del crucificado, sepultado y resucitado» (42); se llama también «Triduo pascual» porque en su celebración se hace presente y se realiza el misterio de la Pascua, es decir el tránsito del Señor de este mundo al Padre. En esta celebración del misterio, por medio de los signos litúrgicos y sacramentales la Iglesia se une en íntima comunión con Cristo, su Esposo.
39. Es sagrado el ayuno pascual de los dos primeros días del Triduo, en los cuales, según una antigua tradición, la Iglesia ayuna «porque el Esposo ha sido arrebatado» (43). El Viernes Santo de la Pasión del Señor hay que observar en todas partes la abstinencia, y se recomienda que se observe también durante el Sábado santo, a fin de que la Iglesia pueda llegar con el espíritu ligero y abierto a la alegría del domingo de Resurrección (44).
40.
Se encarece vivamente la celebración en común del Oficio de Lectura y Laudes de la mañana del Viernes de la Pasión del Señor y también del Sábado santo. Conviene que el obispo participe en esta celebración, en la catedral y, en cuanto sea posible, junto con el clero y el pueblo (45).
Este Oficio, llamado antiguamente «de tinieblas», conviene que mantenga el lugar que le corresponde en la devoción de los fieles, como meditación y contemplación de la pasión, muerte y sepultura del Señor, en espera del anuncio de su resurrección.
41. Para la celebración adecuada del Triduo pascual se requiere un número conveniente de ministros y colaboradores, que han de ser instruidos cuidadosamente acerca de lo que ellos han de hacer. Los pastores no dejen de explicar a los fieles del mejor modo posible el significado y la estructura de las celebraciones, preparándolos a una participación activa y fructuosa.
42. Tiene una importancia especial en las celebraciones de la Semana Santa y, especialmente durante el Triduo pascual, el canto del pueblo, de los ministros y del sacerdote celebrante, porque es concorde a la solemnidad de dichos días y también porque los textos adquieren toda su fuerza precisamente cuando son cantados.
Se invita a las Conferencias Episcopales, en el caso en que no lo hubiesen ya hecho, que tomen las medidas necesarias para dotar de melodías adecuadas a los textos y aclamaciones que, por su misma naturaleza, reclaman ser cantados. Dichos textos son:
a) la oración universal del Viernes Santo de la Pasión del Señor; la invitación del diácono, si la hace, o la aclamación del pueblo;
b) los cantos durante la ostensión y adoración a la Cruz;
c) las aclamaciones durante la procesión con el cirio pascual y las del pregón pascual, el «Aleluya» responsorial, las letanías de los santos y la aclamación que sigue a la bendición del agua.
No se omitan con facilidad los textos litúrgicos de los cantos para la participación del pueblo; procúrese que sus traducciones sean provistas de melodías adecuadas. Si dichos textos no están todavía disponibles para ser cantados, provisionalmente escójanse textos semejantes. Prepárese un repertorio propio para estas celebraciones, a ser utilizado únicamente en las mismas. Propónganse especialmente:
a) los cantos para la bendición y procesión de ramos, y para la entrada en la iglesia;
b) los cantos para la procesión con los santos óleos;
c) los cantos para la procesión de preparación de las ofrendas en la Misa «en la Cena del Señor», y el himno para la procesión del traslado del Santísimo Sacramento a la capilla de la reserva;
d) las respuestas de los salmos responsoriales de la Vigilia pascual y los cantos que acompañan la aspersión del agua.
Prepárense también melodías adecuadas que faciliten el canto de los textos de la Pasión, del pregón pascual y de la bendición del agua bautismal.
En las iglesias importantes utilícese también el abundante tesoro de música sagrada antigua y moderna; téngase en cuenta, sin embargo, la necesidad de una adecuada participación de los fieles.
43. Es muy conveniente que las comunidades religiosas, clericales o no, así como las comunidades laicales, participen en las celebraciones del Triduo pascual en las iglesias más importantes (46).
Igualmente no se celebren los oficios del Triduo pascual en aquellos lugares donde falte el número suficiente de participantes, ministros y cantores; y procúrese que los fieles se reúnan para participar en las mismas en una iglesia más importante.
También cuando un único presbiterio es responsable de diversas parroquias, conviene que los fieles de las mismas, en cuanto sea posible, se reúnan en la iglesia principal para participar en estas celebraciones.
Si un párroco tiene encomendadas dos o más parroquias en las cuales hay una notable participación de fieles y las celebraciones pueden realizarse con la debida reverencia y solemnidad, para bien de los mismos fieles el párroco puede repetir, teniendo en cuenta lo previsto por la legislación, las celebraciones del Triduo pascual (47).
A fin de que los alumnos de los Seminarios «vivan el misterio pascual de Cristo de manera que sepan después comunicarlo a la comunidad que se les confiará» (48), deberán adquirir una formación litúrgica competente y completa. Es muy conveniente que, durante los años de su preparación en el seminario, adquieran experiencia de más ricas y completas formas de celebración de las fiestas pascuales, especialmente de aquellas presididas por el obispo (49).
IV. La misa vespertina del Jueves Santo «de la Cena del Señor»
44. «Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella última cena, en la cual el Señor Jesús en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también los ofreciesen» (50).
45. Toda la atención del espíritu debe centrarse en los misterios que se recuerdan en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal, y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna: son éstos los puntos que conviene recordar en la homilía.
46. La Misa «en la Cena del Señor» celébrese por la tarde, en la hora más oportuna para que participe plenamente toda la comunidad local. En ella pueden concelebrar todos los presbíteros, aunque hayan ya concelebrado en la Misa crismal, o deban celebrar una misa para bien de los fieles (51).
47. Donde verdaderamente lo exija el bien pastoral, el Ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra Misa por la tarde en las iglesias u oratorios, y en caso de verdadera necesidad, incluso por la mañana, pero solamente para los fieles que de ningún modo pueden participar en la Misa vespertina. Cuídese que estas Misas no se celebren para favorecer a personas privadas o a grupos particulares y que no perjudiquen en nada la Misa principal.
Según una antiquísima tradición de la Iglesia en este día están prohibidas todas las Misas sin pueblo (52).
48. El sagrario ha de estar completamente vacío al iniciar la celebración (53). Se han de consagrar en esta Misa las hostias necesarias para la comunión de los fieles (54), y para que el clero y el pueblo puedan comulgar el día siguiente.
49. Para la reserva del Santísimo Sacramento prepárese una capilla, conveniente adornada, que invite a la oración y a la meditación; se recomienda no perder de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la liturgia de estos días, evitando o erradicando cualquier forma de abuso (55).
Cuando el sagrario está habitualmente colocado en una capilla separada de la nave central, conviene que se disponga allí el lugar de la reserva y de la adoración.
50. Mientras se canta el himno «Gloria a Dios», de acuerdo con las costumbres locales, se hacen sonar las campanas, que ya no se vuelven a tocar hasta el «Gloria a Dios» de la Vigilia pascual, a no ser que la Conferencia Episcopal o el Ordinario del lugar, juzguen oportuno establecer otra cosa (56). Durante el mismo período de tiempo, el órgano y cualquier otra música instrumental pueden usarse sólo para mantener el canto (57).
51. El lavatorio de los pies, que, según la tradición, se hace en este día a algunos hombres previamente designados, significa el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (58). Conviene que esta tradición se mantenga y que se explique según su propio significado.
52. Los donativos para los pobres, especialmente aquellos que se han podido reunir durante la Cuaresma como fruto de la penitencia, pueden ser presentados durante la procesión de las ofrendas, mientras el pueblo canta «Ubi caritas est vera» (59).
53. Será muy conveniente que los diáconos, acólitos o ministros extraordinarios lleven la Eucaristía a la casa de los enfermos que lo deseen, tomándola del altar en el momento de la comunión, indicando de este modo su unión más intensa con la Iglesia que celebra.
54. Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión, precedida por la cruz en medio de cirios e incienso, en la que se lleva el Santísimo Sacramento por la iglesia hasta el lugar de la reserva. Mientras tanto, se canta el himno «Pange lingua» u otro canto eucarístico (60). El traslado y la reserva del Santísimo Sacramento no han de hacerse si en esa iglesia no tendrá lugar la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo (61).
55. El Sacramento ha de ser reservado en un sagrario o en una urna. No ha de hacerse nunca una exposición con la custodia u ostensorio.
El sagrario o la urna no han de tener la forma de un sepulcro. Evítese la misma expresión «sepulcro»: la capilla de la reserva no se prepara para representar «la sepultura del Señor», sino para conservar el pan eucarístico destinado a la comunión del Viernes de la Pasión del Señor.
56. Invítese a los fieles a una adoración prolongada en la noche del Santísimo Sacramento en la reserva solemne, después de la Misa «en la Cena del Señor». En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio de San Juan (cap. 13-17).
Pasada la media noche la adoración debe hacerse sin solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor (62).
57. Terminada la Misa se despoja el altar en el cual se ha celebrado. Conviene que las cruces que haya en la iglesia se cubran con un velo de color rojo o morado, a no ser que ya hayan sido cubiertas el sábado antes del V domingo de Cuaresma. No se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos.
V. Viernes Santo de la Pasión del Señor
58. En este día, en que «ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo» (63), la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la Cruz e intercede por la salvación de todo el mundo.
59. La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía; la sagrada Comunión se distribuye a los fieles solamente durante la celebración de la Pasión del Señor; sin embargo, los enfermos que no pueden participar a dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día (64).
60. El Viernes de la Pasión del Señor es un día de penitencia obligatorio para toda la Iglesia por medio de la abstinencia y el ayuno (65).
61. Está prohibido celebrar en este día cualquier sacramento, a excepción de la Penitencia y de la Unción de los enfermos (66). Las exequias han de celebrarse sin canto, sin órgano y sin tocar las campanas.
62. Se recomienda que en este día, se celebre en las iglesias el Oficio de lectura y las Laudes, con participación de los fieles (cf. n. 40).
63. La celebración de la Pasión del Señor ha de tener lugar después del mediodía, cerca de las tres (hora 15). Por razones pastorales puede elegirse otra hora más conveniente para que los fieles puedan reunirse más fácilmente: por ejemplo desde el mediodía hasta el atardecer, pero nunca después de las nueve de la noche (hora 21) (67).
64. El orden de la acción litúrgica de la Pasión del Señor (liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz, y sagrada Comunión), que proviene de la antigua tradición de la Iglesia, ha de ser conservado con toda fidelidad, sin que nadie pueda arrogarse el derecho de introducir cambios.
65. El sacerdote y los ministros se dirigen en silencio al altar sin canto alguno. Si hay que decir algunas palabras de introducción, debe hacerse antes de la entrada de los ministros.
El sacerdote y los ministros, hecha la debida reverencia al altar, se postran rostro en tierra; esta postración, que es un rito propio de este día, se ha de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación «del hombre terreno» (68), cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia.
Los fieles durante el ingreso de los ministros están de pie, y después se arrodillan y oran en silencio.
66. Las lecturas han de ser leídas por entero. El salmo responsorial y el canto que precede el Evangelio, cántense como de costumbre. La historia de la Pasión del Señor según San Juan se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho en el domingo anterior (cf. n. 33). Después de la lectura de la Pasión hágase la homilía y al final de la misma los fieles pueden ser invitados a que permanezcan en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo (69).
67. La oración universal ha de hacerse según el texto y la forma establecida por la tradición, con toda la amplitud de las intenciones, que expresan el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación de todo el mundo. En una grave necesidad pública, el Ordinario del lugar puede permitir o mandar que se añada alguna intención especial (70). De entre las oraciones que se proponen en el Misal, el sacerdote puede escoger aquellas que se acomoden mejor a las condiciones del lugar, pero de tal modo que se mantenga el orden de las intenciones que se propone para la oración universal (71).
68. En la ostensión de la Cruz úsese una cruz suficiente grande y bella. De las dos formas que se proponen en el Misal para mostrar la Cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada. Este rito ha de hacerse con un esplendor digno de la gloria del misterio de nuestra salvación; tanto la invitación al mostrar la Cruz como la respuesta del pueblo hágase con canto, y no se omita el silencio de reverencia que sigue a cada una de las postraciones, mientras el sacerdote celebrante, permaneciendo de pie, muestra elevada la Cruz.
69. Cada uno de los presentes del clero y del pueblo se acercará a la Cruz para adorarla; dado que la adoración personal de la Cruz es un elemento muy importante de esta celebración, y únicamente en el caso de una extraordinaria presencia de fieles, se utilizará el modo de la adoración hecha por todos a la vez (72).
Úsese una única cruz para la adoración tal como lo requiere la verdad del signo. Durante la adoración de la Cruz cántense las antífonas, los «improperios» y el himno, que evocan con lirismo la historia de la salvación (73), o bien otros cantos adecuados (cf. n.42).
70. El sacerdote canta la invitación al «Padre nuestro», que es cantado por toda la asamblea. No se da el signo de paz. La comunión se desarrolla tal como está descrito en el Misal.
Durante la comunión se puede cantar el salmo 21, u otro canto apropiado. Terminada la distribución de la comunión, la píxide o copón se lleva a un lugar preparado de la iglesia.
71. Terminada la celebración se despoja el altar, dejando la Cruz con cuatro candelabros. Dispóngase en la iglesia un lugar adecuado (por ejemplo la capilla donde se colocó la reserva de la eucaristía el Jueves Santo), para colocar allí la Cruz, a fin de que los fieles puedan adorarla, besarla y permanecer en oración y meditación.
72. Los ejercicios de piedad, como son el «Via Crucis», las procesiones de la Pasión y el recuerdo de los dolores de la Santísima Virgen María en modo alguno pueden ser descuidados, dada su importancia pastoral. Los textos y los cantos utilizados, en los mismos han de responder al espíritu de la liturgia del día. Los horarios de estos ejercicios piadosos han de regularse con el horario de la celebración litúrgica de tal manera que aparezca claro que la acción litúrgica por su misma naturaleza está por encima de los ejercicios piadosos (74).
VI. El Sábado Santo
73. Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos (75) y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40) (76). Cuando esto no sea posible, prepárese una celebración de la Palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día.
74. Pueden ser expuestas en la iglesia a la veneración de los fieles la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado santo, así como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores de los fieles.
75. Hoy la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa (77). La sagrada Comunión puede darse solamente como viático. No se conceda celebrar el matrimonio, ni administrar otros sacramentos, fuera de la Penitencia y la Unción de los enfermos.
76. Las fieles han de ser instruidos sobre la naturaleza peculiar del Sábado santo (78). Los usos y tradiciones festivos vinculados con este día a causa de la antigua anticipación de la Vigilia al Sábado santo deben desplazarse a la noche y al día de Pascua.
VII. Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
A) Vigilia pascual en la noche santa
77. Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor (79), y la vigilia que tiene lugar en ella, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como «la madre de todas las santas vigilias» (80). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (81).
a) Significado del carácter nocturno de la Vigilia pascual
78. «Toda la celebración de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo» (82). Esta regla ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o costumbre contrario que, poco a poco se haya introducido y que suponga la celebración de la Vigilia pascual a la hora en la cual, habitualmente, se celebran las Misas vespertinas antes de los domingos, ha de ser reprobado (83).
Las razones presentadas a veces para justificar la anticipación de la Vigilia pascual, por ejemplo la inseguridad pública, no se tienen en cuenta en el caso de la noche de Navidad o de reuniones de otro género.
79. La Vigilia pascual nocturna durante la cual los hebreos esperaron el tránsito del Señor, que debía liberarlos de la esclavitud del faraón, fue desde entonces celebrada cada año por ellos como un «memorial»; esta vigilia era figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera liberación, en la cual «rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo» (84).
80. Ya desde su comienzo la Iglesia ha celebrado con una solemne vigilia nocturna la Pascua anual, solemnidad de las solemnidades. Precisamente la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por medio del Bautismo y de la Confirmación somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, somos sepultados con Él y resucitamos con Él, para reinar con Él para siempre (85).
Esta Vigilia es también espera de la segunda venida del Señor (86).
b) La estructura de la vigilia pascual y la importancia de sus diversos elementos y partes
81. La Vigilia pascual tiene la siguiente estructura: Después del lucernario y del pregón pascual (que forma la primera parte de la vigilia), la santa Iglesia contempla las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo desde los comienzos (parte segunda o liturgia de la Palabra), hasta que, junto a los nuevos miembros renacidos por el bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa, preparada por el Señor para su pueblo, memorial de su muerte y resurrección, en espera de su nueva venida (parte cuarta) (87).
Nadie está autorizado ha cambiar a su arbitrio esta estructura del rito.
82. La primera parte consiste en una serie de acciones y gestos simbólicos que conviene realizar con tal dignidad y expresividad que su significado propio sugerido por las moniciones y las oraciones, pueda ser realmente percibido por los fieles.
En el lugar adecuado y fuera de la iglesia, en cuanto sea posible, se preparará la hoguera destinada a la bendición del fuego nuevo, cuyo resplandor debe ser tal que disipe las tinieblas e ilumine la noche.
Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nueva cada año, único, relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo. La bendición del cirio se hará con los signos y las palabras propuestas por el Misal o con otras, aprobadas por la Conferencia Episcopal (88).
83. La procesión en la que el pueblo entra a la iglesia se ilumina únicamente por la llama del cirio pascual. Del mismo modo que los hijos de Israel durante la noche eran guiados por una columna de fuego, así los cristianos siguen a Cristo resucitado. Nada impide que a las respuestas «Demos gracias a Dios» se añada a alguna aclamación dirigida a Cristo.
La llama del cirio pascual pasará poco a poco a las velas que los fieles tienen en sus manos, permaneciendo aún apagadas las lámparas eléctricas.
84. El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor. Las Conferencias Episcopales pueden adaptar convenientemente este pregón introduciendo en él algunas aclamaciones de la asamblea (89).
85. Las lecturas de la Sagrada Escritura constituyen la segunda parte de la Vigilia. Describen momentos culminantes de la historia de la salvación, cuya plácida meditación se facilita a los fieles con el canto del salmo responsorial, el silencio y la oración del sacerdote celebrante.
La estructura restaurada de la Vigilia presenta siete lecturas del Antiguo Testamento entresacadas de los libros de la Ley y de los Profetas, ya utilizadas frecuentemente en las antiguas tradiciones litúrgicas de Oriente y Occidente, y dos del Nuevo Testamento, es decir la lectura del Apóstol y del Evangelio. De esta manera, la Iglesia «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas» (90), interpreta el misterio pascual de Cristo. Por lo tanto, en la medida en que sea posible, léanse todas las lecturas indicadas para conservar intacta la índole propia de la Vigilia pascual que exige una cierta duración.
Sin embargo, si las circunstancias pastorales aconsejan que se reduzcan aún el número de las lecturas, léanse al menos tres lecturas del Antiguo Testamento, de manera que estén representadas la Ley y los Profetas; nunca se puede omitir la lectura del capítulo 14 del Éxodo, con su cántico (91).
86. El significado tipológico de los textos del Antiguo Testamento tiene sus raíces en el Nuevo y aparece sobre todo en las oraciones que el sacerdote celebrante pronuncia después de cada lectura; podrá también ser útil para llamar la atención hacia este significado una breve monición hecha antes de la lectura. Estas moniciones puede hacerlas el mismo sacerdote o el diácono. Las Comisiones nacionales o diocesanas de Liturgia procurarán material apto que pueda servir de ayuda a los pastores.
Después de cada lectura se canta el salmo con la respuesta del pueblo.
En la repetición de estos diversos elementos manténgase el ritmo adecuado para facilitar la participación y devoción de los fieles (92). Evítese con todo cuidado que los salmos responsoriales sean sustituidos por cancioncillas populares.
87. Terminada la lectura del Antiguo Testamento, se canta el himno «Gloria a Dios», se hacen sonar las campanas según las costumbres de cada lugar, se dice la oración colecta y de este modo se pasa a las lecturas del Nuevo Testamento. Se lee la exhortación del Apóstol sobre el Bautismo entendido como inserción en el misterio pascual de Cristo.
Después, todos se levantan y el sacerdote entona por tres veces el «Aleluya», elevando gradualmente la voz, y repitiéndolo la asamblea (93). Si fuese necesario, el salmista o cantor entona el «Aleluya», que el pueblo prosigue intercalando la aclamación entre los versículos del salmo 117, tan a menudo citado por los apóstoles en la predicación pascual (94). Sigue el anuncio de la Resurrección del Señor con la lectura del Evangelio, culmen de toda la liturgia de la Palabra. Terminada la proclamación del Evangelio no se omita a la homilía, aunque sea breve.
88. La liturgia bautismal es la tercera parte de la Vigilia. La pascua de Cristo y nuestra se celebra ahora en el sacramento. Esto se manifiesta más plenamente en aquellas Iglesias que poseen la fuente bautismal, y más aún cuando tiene lugar la iniciación cristiana de adultos, o al menos el bautismo de niños (95). Aun en el caso en que no haya bautizos en las iglesias parroquiales se hace la bendición del agua bautismal. Si esta bendición no se hace en la fuente bautismal sino en el presbiterio, el agua bautismal debe ser trasladada después al baptisterio, donde será conservada durante todo el tiempo pascual (96). Donde no hayan bautizos ni se deba bendecir el agua bautismal, hágase la bendición del agua para la aspersión de la asamblea, a fin de recordar el bautismo (97).
89. A continuación tiene lugar la renovación de promesas bautismales introducidas por la monición que hace el sacerdote celebrante. Los fieles, de pie y con las velas encendidas en sus manos responden a las interrogaciones. Después tiene lugar la aspersión: de esta manera los gestos y las palabras que los acompañan recuerdan a los fieles el bautismo que, un día, recibieron. El sacerdote celebrante hace la aspersión pasando por toda la nave de la iglesia, mientras la asamblea canta la antífona «Vidi aquam» u otro canto de índole bautismal (98).
90. La celebración de la eucaristía es la cuarta parte de la Vigilia, y su punto culminante, porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la pascua eterna.
91. Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que los acompañan alcancen toda su fuerza expresiva: la oración universal, en la que los neófitos participan por primera vez como fieles, ejercitando su sacerdocio real (99); la procesión de las ofrendas, en las que convienen que participen los neófitos, si los hay; la plegaria eucarística primera, segunda, tercera, a ser posible cantada, con sus embolismos propios (100); la comunión eucarística que es el momento de la plena participación en el misterio que se celebra. Durante la comunión es oportuno cantar el salmo 117, con la antífona «Aleluya, aleluya, aleluya», u otro canto que represente la alegría de la Pascua.
92. Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del vino. Los Ordinarios del lugar juzguen sobre la oportunidad de una tal concesión y de sus modalidades (101).
c) Algunas indicaciones de carácter pastoral
93. Cuídese de tal modo la liturgia de la Vigilia pascual que se pueda hacer llegar al pueblo cristiano las riquezas que contienen las plegarias y los ritos; es necesario que se respete la verdad de los signos, se favorezca la participación de los fieles, y que no falten ministros, lectores y cantores para el buen desarrollo de la celebración.
94. Es de desear que, según las circunstancias, se plantee la posibilidad de reunir en una misma iglesia distintas comunidades cuando, por razón de la cercanía de las iglesias, o del reducido número de participantes, no es posible asegurar para cada una separadamente una celebración plena y festiva.
Hay que favorecer el hecho que los grupos particulares tomen parte en la celebración común de la Vigilia pascual de suerte que todos los fieles, formando una única asamblea, puedan experimentar más profundamente el sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.
Los fieles que, por razón de las vacaciones no pueden participar en la liturgia de la propia parroquia, han de ser invitados a unirse a la celebración en el lugar donde se encuentran.
95. En el modo de anunciar la celebración de la Vigilia pascual, evítese presentarla como el último acto del «Sábado Santo». Dígase, más bien, que la Vigilia pascual se celebra «en la noche de la Pascua», y precisamente como una celebración unitaria. Se recomienda encarecidamente a los pastores que en la formación de los fieles insistan en la conveniencia de participar en toda la Vigilia pascual (102).
96. Para poder celebrar la Vigilia pascual con el máximo provecho, conviene que los mismos pastores hagan lo posible para comprender mejor tanto los textos como los ritos, a fin de poder dar una mistagogia que sea auténtica.
B) El Día de Pascua
97. La Misa del día de Pascua se debe celebrar con la misma solemnidad. En lugar del acto penitencial, es muy conveniente hacer la aspersión con el agua bendecida durante la celebración de la Vigilia; durante la aspersión se puede cantar la antífona «Vidi aquam», u otro canto de índole bautismal. Con la misma agua bendecida conviene llenar los recipientes (pilas) que se hallan a la entrada de la iglesia.
98. Consérvese, donde aún está en vigor, o restáurese en la medida que sea posible, la tradición de celebrar las Vísperas bautismales del día de Pascua, durante las cuales se hace una procesión al baptisterio (103).
99. El cirio pascual, que tiene su lugar junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto en la Misa como en Laudes y Vísperas hasta el domingo de Pentecostés. Después, ha de trasladarse al baptisterio y mantenerlo con todo honor para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el cirio pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua.
El cirio pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio (104).
VIII. EL TIEMPO PASCUAL
100. La celebración de la Pascua se continúa durante el tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el «gran domingo» (105).
101. Los domingos de este tiempo han de ser considerados y llamados como «domingos de pascua» y tienen precedencia sobre cualquier fiesta del Señor y cualquier solemnidad. Las solemnidades que coincidan con estos domingos, han de anticiparse el sábado precedente (106). Las celebraciones en honor de las Santísima Virgen o de los santos, que caen entre semana, no pueden ser trasladadas a estos domingos (107).
102. Para aquellos adultos que han recibido la iniciación cristiana durante la Vigilia pascual, este tiempo ha de considerarse como un tiempo de «mistagogia». Donde haya neófitos obsérvese cuanto prescribe el Rito de iniciación cristiana de adultos, nn: 37-40 y 235-239. En todas partes, además, durante la octava de Pascua hágase memoria en la plegaria eucarística de los que han recibido el bautismo en la Vigilia pascual.
103. Los neófitos tengan reservado un lugar especial entre los fieles durante todo el tiempo pascual, en las Misas dominicales. Los neófitos procuren participar en las Misas junto con sus padrinos. En la homilía y, en cuanto sea posible, en la plegaria universal o de los fieles, hágase mención de ellos. Organícese una celebración especial según las costumbres de la propia región, en las cercanías de Pentecostés, para terminar el tiempo de la mistagogia (108). Es muy conveniente que los niños reciban su primera comunión en estos domingos pascuales.
104. Los pastores han de recordar y explicar a los fieles durante el tiempo pascual el sentido del precepto de la Iglesia de recibir la Eucaristía en este tiempo a los cristianos que ya han hecho la primera comunión (109). Se encarece que durante este tiempo, y especialmente durante la semana de Pascua, se lleve la comunión a los enfermos.
105. En aquellos lugares donde es costumbre bendecir las casas con motivos de las fiestas pascuales, el párroco, o en su defecto otros presbíteros o diáconos delegados por él, cuidarán de hacerlo, aprovechando esta ocasión para ejercer sus funciones pastorales (110). El párroco acuda a las casas para hacer visita pastoral a cada familia, mantener un coloquio con sus miembros, y celebrar con ellos un momento de oración, usando los textos de Bendicional (111). En las grandes ciudades véase la posibilidad de reunir varias familias a la vez, para celebrar en común la bendición.
106. Según la diversidad de países y culturas, existen muchas costumbres populares vinculadas con las celebraciones del tiempo pascual que quizá suscitan una mayor participación popular que a las mismas celebraciones litúrgicas. Tales costumbres no han de ser despreciadas, dado que a menudo expresan bien la mentalidad religiosa de los fieles. Las Conferencias Episcopales y los Ordinarios del lugar preocúpense para que estas costumbres, que pueden favorecer la piedad, puedan ser ordenadas del mejor modo posible con la liturgia, se llenen profundamente de su espíritu y guíen al Pueblo de Dios hacia la misma (112).
107. El domingo de Pentecostés concluye este sagrado período de cincuenta días con la conmemoración de la donación del Espíritu Santo derramados sobre los apóstoles, el comienzo de la Iglesia y el inicio de su misión a todos los pueblos, razas y naciones (113).
Se recomienda la celebración prolongada de la Misa de la Vigilia de Pentecostés, que no tiene un carácter bautismal como la Vigilia de Pascua, sino más bien de oración intensa según el ejemplo de los apóstoles y discípulos, que perseveraban unánimemente en la plegaria juntos con María, la Madre de Jesús, esperando el don del Espíritu Santo (114).
108. «Es propio de la fiesta pascual que toda la Iglesia se alegre por el perdón de los pecados que ha tenido lugar no sólo en aquellos que han renacido por medio del Santo Bautismo, sino también en aquellos que desde hace tiempo son contados entre el número de los hijos adoptivos de Dios» (115). Mediante una actividad pastoral más intensa, un esfuerzo de profundización espiritual por parte de cada uno y con la gracia de Dios, cuantos participen en las fiestas pascuales, podrán conservar en su vida y sus costumbres la realidad de la Pascua (116).
Notas:
(1) Cf. S. Cong. de Ritos, Decreto Dominicae Resurrectionis (9 febrero 1951) AAS 43 (1951) 128-137; SCR, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 noviembre 1955) AAS 47 (1955) 838-847.
(2) Cf. Concilio Vat. II, Constitución sobre Liturgia Sacrosanctum Concilium, nn. 5, 6, 61.
(3) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 18.
(4) Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la función pastoral de los obispos en la Iglesia, Christus Dominus, n. 15.
(5) Cf. S. Congr. de Ritos, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 nov. 1955) AAS 47 (1955) 838-847.
(6) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 429.
(7) Cf. Ritual Romano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, n. 8; Código de Derecho Canónico, can. 856.
(8) Misal Romano, Vigilia pascual, n. 46.
(9) Cf. Ritual Romano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, cap. IV, sobre todo n. 303.
(10) Cf. Ibidem, nn. 330-333.
(11) Cf. Caeremoniale episcoporum, nn. 250, 406-407; Cf. Ritual Romano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, n.41.
(12) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 5. Cf. Ibidem n. 56f, et Notitiae, 23 (1987) 397
(13) Ibidem, n. 16,b.
(14) Misal Romano, Ordenación general, n. 42; Cf. Ritual de la Penitencia, nn. 36-37.
(15) Pablo VI, Const. Apost. Paenitemini. II, 1 AAS 58 (1966) 183.
(16) Caeremoniale episcoporum, n. 251.
(17) Cf. Ibidem, n. 251; Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 109.
(18) Caeremoniale episcoporum, n. 251.
(19) Cf. Ibidem, n. 260.
(20) Ibidem, n.252.
(21) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n.28.
(22) Cf. Caeremoniale episcoporum, n.253.
(23) Misal Romano, Miércoles de Ceniza.
(24) Pablo VI, Const. Apost. Paenitemini. II, 1 AAS 58 (1966) 138. Código de Derecho Canónico, can. 1251.
(25) Misal Romano, Domingo I de Cuaresma, oración colecta y sobre ofrendas.
(26) Cf. Caeremoniale epicoporum, n.261.
(27) Cf. Ibidem, nn. 408-410.
(28) Misal Romano, Ordo Lectionum Missae, segunda edición 198, Praenotanda, n. 97
(29) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 253.
(30) Cf. Misal Romano, rúbrica del sábado de la semana IV de Cuaresma.
(31) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 16, a.
(32) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 263.
(33) Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, n. 9.
(34) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 270.
(35) Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, n. 16.
(36) Cf. Ibidem, n.19.
(37) Cf. Ibidem, n. 22. Para la misa que el obispo preside, cf. Caeremoniale episcoporum, n. 74.
(38) Conc. Vat. II, Decreto sobre la vida y el ministerio de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 7
(39) Caeremoniale episcoporum, n. 275.
(40) Cf. Ibidem, 276.
(41) Cf. Ritual de la Penitencia, Apéndice II, nn. 1-7
(42) Cf. S. Congr. de Ritos, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (6 de noviembre 1955) AAS 47 (1955) 858. S. Agustín, Ep. 55, 24, Pl, 35, 215.
(43) Cf. Mc 2, 19-20; Tertuliano, De ieiunio 2 et 13, Corpus christianorum II, p. 1271.
(44) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 295; Conc. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 110.
(45) Cf. Ibidem, n. 296; Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 210.
(46) Cf. S. Congr. De Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, (25 de mayo 1967) n.26. AAS 59 (1967) 558. N.B. En los monasterios de monjas la celebración del Triduo pascual se hará con la máxima solemnidad posible en la iglesia del monasterio.
(47) S. Congregación de Ritos, Ordenaciones y declaraciones acerca el nuevo Ordo sobre la Semana santa, (1 febrero 1957) n.21; AAS 49 (1957) 91-95.
(48) Conc. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal, Optatam totius, n. 8.
(49) Cf. S. Congregación para la educación católica, Instrucción sobre la formación litúrgica en los seminarios, (17 mayo 1979) nn.15, 33.
(50) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 297.
(51) Cf. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor.
(52) Cf. Ibidem.
(53) Cf. Ibidem, n.1.
(54) Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 55; S. Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, (25 mayo 1967) n. 31. AAS 59 (1967) 557-558.
(55) S. Congregación de Ritos, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 noviembre 1955) n. 9, AAS 47 (1955) 895.
(56) Cf. Misal Romano, Misa vespertina en la Cena del Señor.
(57) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 300.
(58) Mt 20, 28.
(59) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 303.
(60) Cf. Misal Romano, Misa vespertina en la Cena del Señor, nn. 15-16.
(61) Cf. S. Congregación de Ritos, Declaración del 15 marzo 1956, n. 3, AAS 48 (1956) 153; S. Congregación de Ritos, Ordenaciones y declaraciones acerca del nuevo Ordo de la Semana Santa, (1 febrero 1957) n. 14; AAS 47 (1975) 93.
(62) Cf. Misal Romano, Misa vespertina en la Cena del Señor, n. 21; S. Congregación de Ritos, Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 noviembre 1955) nn. 8-10 AAS 47 (1955) 845.
(63) 1 Cor 5, 7.
(64) Cf. Misal Romano, Viernes santo de la Pasión del Señor, nn. 1, 3.
(65) Paulo VI, Const. Apost. Paenitemini, II, 2; AAS 58 (1966) 183; Código de Derecho Canónico, can. 1251.
(66) Cf. Misal Romano, Viernes santo de la Pasión del Señor, n. 1. Congregación para el Culto Divino, Declaración Ad Missale Romanum, in Notitiae 13 (1977) 602.
(67) Cf. Ibidem, n. 3; S. Congregación de Ritos, Ordenaciones y declaraciones acerca el nuevo Ordo de la Semana Santa, (1 febrero1957) n. 15; AAS 49 (1957) 94.
(68) Cf. Ibidem, n. 5 segunda oración.
(69) Cf. Ibidem, n. 9; Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 319.
(70) Cf. Ibidem, n. 12.
(71) Cf. Misal Romano, Ordenación general, n. 46.
(72) Cf. Misal Romano, Viernes santo de la Pasión del Señor, n. 19.
(73) Cf. Miq. 6, 3-4.
(74) Cf. Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 13.
(75) Cf. Misal Romano, Sábado santo; Símbolo de los Apóstoles; 1Pe 3, 19.
(76) Cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 210.
(77) Misal Romano, Sábado santo.
(78) S. Congregación de Ritos, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 de noviembre 1955) n. 2, AAS 47 (1955) 843.
(79) Cf. Ex 12, 42.
(80) San Agustín, Sermón 219, PL 38, 1088.
(81) Caeremoniale episcoporum, n. 333.
(82) Cf. Ibidem, n. 333; Misal Romano, Vigilia pascual, n. 3.
(83) S. Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, (25 mayo 1967) n. 28. AAS 59 (1967) 556-557.
(84) Misal Romano, Vigilia pascual, n. 19, pregón pascual.
(85) Cf. Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n.6; Cf. Rom 6, 3-6; Ef 2, 5-6; Col 2, 12-13; 2Tim 2, 11-12.
(86) «Esta noche la pasamos en vigilia porque el Señor ha resucitado y ha dado comienzo en su propia carne a aquella vida que no conoce ni muerte ni sueño; de tal manera ha resucitado que ya no puede volver a morir ni tiene ya la muerte algún dominio sobre él…Por lo tanto, Aquel a quien cantamos resucitado mientras celebramos la vigilia, hará que vivamos reinando con él para siempre». S. Agustín, Sermón Guelferbytano, n. 5, 4, PLS 2, 552.
(87) Misal Romano, Vigilia pascual, n. 7.
(88) Cf. Ibidem, nn. 10-12.
(89) Cf. Ibidem, n. 17.
(90) Lc 24, 27; Cf. Lc 24, 44-45.
(91) Cf. Misal Romano, Vigilia pascual, n. 21.
(92) Cf. Ibidem, n. 23.
(93) Cf. Caeremoniale episcoporum, n. 352.
(94) Cf. Hch 4, 11-12; Mt 21, 42; Mc 12, 10; Lc 20, 17.
(95) Cf. Ritual Romano, Ritual de Bautismo de niños, n. 6.
(96) Cf. Misal Romano, Vigilia pascual, n. 48
(97) Cf. Ibidem, n. 45.
(98) Cf. Ibidem, n. 47.
(99) Cf. Ibidem, n. 49; Ritual Romano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, n. 36.
(100) Cf. Misal Romano, Vigilia pascual, n. 53; Ibidem, Misas rituales, 3. En la administración del bautismo.
(101) Cf. Misal Romano, Ordenación general del Misal Romano, nn. 240-242.
(102) Cf. Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 56.
(103) Cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 213.
(104) Cf. Misal Romano, Domingo de Pentecostés, rúbrica final; Ritual Romano, Ritual de bautismo de niños, Sobre la iniciación cristiana, Ordenación general, n. 25.
(105) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 22.
(106) Cf. Ibidem, nn. 5. 23.
(107) Cf. Ibidem, n. 58.
(108) Cf. Ritual Romano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nn. 235-237. Cf. Ibidem, nn. 238-239.
(109) Cf. Código de Derecho Canónico, can 920.
(110) S. Congregación de Ritos, Decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria (16 noviembre 1955) n. 24, AAS 47 (1955) 847.
(111) Bendicional, cap. I, II, Bendición anual de las familias en sus propias casas.
(112) Cf. Conc. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n.13. Cf. Congregación para el Culto Divino, Orientamenti e proposte per la celebrazione dell’anno mariano (3 abril 1987) nn. 3, 51-56.
(113) Cf. Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 23.
(114) Las primeras vísperas de la solemnidad pueden unirse con la Misa, según el modo previsto en la Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 96. Para que aparezca con más nitidez el misterio de este día, pueden leerse diversas lecturas de la Sagrada Escritura, de entre las que propone el leccionario, como facultativas, para esta Misa. En este caso, el lector lee en el ambón la primera lectura. Después el salmista o el cantor proclama el salmo, repitiendo la asamblea la respuesta o estribillo. Seguidamente, poniéndose todos de pie, el sacerdote dice: Oremos. Después de un breve espacio de oración silenciosa, dice la oración colecta conveniente (por ejemplo, una de las colectas de las ferias de la séptima semana de Pascua).
(115) S. León Magno, Sermón 6 de Cuaresma, 1-2, PL 54, 285.
(116) Cf. Misal Romano, Sábado después del domingo VII de Pascua, oración colecta.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino, el día 16 de enero de 1988.
Cardenal Pablo Agustín Mayer, prefecto
Mons. Virgilio Noé, arzobispo titular de Voncaria, Secretario