Homilía en la fiesta diocesana, a los 260 años de la presencia de la imagen de la Bienaventurada Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe y 40 años de su coronación por parte de Mons. Orestes Nuti. Mons.

Alberto Sanguinetti Montero Catedral Santuario Nuestra Señora de Guadalupe, 13 de octubre de 2019

Alabado sea Jesucristo. r/. sea por siempre bendito y alabado.

Él, el resucitado de entre los muertos, de la estirpe de David, Hijo eterno del eterno Padre, que se encarnó en el seno de Santa María Virgen, por obra del Espíritu Santo. Él nos regala esta fiesta. Toda fiesta es un tomar la vida en un tiempo condensado, para asumir toda la existencia: en el presente, el pasado y la esperanza del futuro.

Es verdad que las fiestas son más un deseo que una realidad, porque acechan la división, el odio y la mediocridad, y, sobre todo, la muerte. Pero el Domingo, la Pascua de Cristo, son verdaderamente fiesta, porque Él ha vencido el pecado y la muerte y ha abierto la vida eterna. Los Santos Padre decían que la vida cristiana es una fiesta permanente, porque ya participamos en el tiempo de la eternidad, del perdón de los pecados y de la resurrección de la carne. Entreguémonos, pues, plenamente a la Fiesta que el Señor nos invita y nos regala, junto con el don de la fe: porque el justo vivirá por la fe (Hab.2, 4).

Jesús, el Señor, en el santo Evangelio nos ha llamado a fundar nuevamente nuestra vida en la fe y a vivirla en la acción de gracias. A él le pedimos como los apóstoles: Señor, aumenta nuestra fe (Lc.17,5) Cada uno de nosotros y todos juntos como un único cuerpo, una única Iglesia, somos ese samaritano, cuya fe lo salva, que junto con los otros nueve ha recibido el don de la curación de la lepra, pero que además ha tenido el don de llegar a la plenitud de la fe en la acción de gracias, y en eso mismo ha llegado a la perfección de la existencia. Por la fe reconocemos a Jesús, el Cristo, y nos entregamos confiadamente a él y él es nuestra fiesta. El apóstol nos dijo. Acuérdate de Jesucristo. Es el acto de fe, de contemplación de Jesús, el Señor. Nosotros no nos acordamos de Jesús, como de un héroe del pasado, que ya no existe y que perdura en el recuerdo nuestro como puede ser D. José Artigas.

No nos acordamos de un político o pensador, que tampoco existe, sino que de alguna manera hacemos vigente pensando en él, sea Aristóteles, sea Marx, sea cualquiera de los que evocan las calles de nuestras ciudades o se mencionan partidariamente en la campaña electoral. Tampoco se trata de esa imagen de Jesús, que la mayor parte de los hombres aceptan, como un hombre notable, ejemplo de bondad, un profeta, un mito del cambio del mundo, un liberador social, un gran hombre envuelto en la consideración de los hombres, que vivió y murió hace dos mil años.

Nuestra fe, la que proclama San Pablo, es un hacer memoria del centro de la realidad: acuérdate de Jesucristo (2 Tim 2,8). Esa memoria es posible, porque Él es real y actual. Nosotros confesamos, reconocemos y nos comunicamos con un ser real y vivo, que vivió y que vive: Jesucristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. La gran distinción entre creyente cristiano y no creyente, sea agnóstico, sea ateo, sea de otra religión es la que el romano Festo, sin entender, le refería a su huésped: “se trata de un muerto llamado Jesús, del que Pablo afirma que vive” (Hech 25,19). De Jesús, que vive, nosotros confesamos que es el único Señor, en el sentido fuerte: Dios y Señor. Acordémonos de que lo decimos constantemente: Nuestro Señor Jesús, el Cristo.

Lo hemos cantado: porque solo tú eres santo, solo tu Señor, solo tu Altísimo. Y lo vamos a proclamar en el credo: creo en un solo Señor, Jesucristo. Jesús es el vencedor del dominio de la muerte, la única potencia invencible, que no puede ser vencida ni con la ciencia, ni con el poder del Estado, ni con la voluntad humana. Jesús, habiendo muerto libremente, entregado a su pasión libremente aceptada, resucitado y entronizado recibió el nombre sobre todo nombre (Fil 2,10) es el Señor, es la vida. Más aún, en una mirada cósmica, confesamos que todo fue creado por él y para él y todo subsiste en él (Col 1,17). Así lo decimos en el credo: “por quien todo fue hecho”. Esta confesión de Jesús, el Señor, realmente hombre, que vivió entre nosotros y se ofreció a la muerte, que resucitado vive para siempre, está unida a su realidad personal: Hijo único nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios verdadero de Dios verdadero.

Aquí llegamos a la cumbre de la contemplación, lo que supera todo entendimiento y donde entramos en silencio en la adoración con la gracia del Espíritu Santo. Por cierto todo esto, mis hermanos, lo sabemos y alguno puede decir: el obispo está repasando el catecismo, que diga algo nuevo. Y tiene razón. Nuestra fe, una y otra vez vuelve a Jesucristo y lo escucha, y lo confiesa, y lo sigue Al acordarnos de Jesucristo y entregarnos a él, nos dejamos salvar por él y nos entregamos a él. Toda nuestra existencia, es recapitulada en el acto de fe en Cristo, de tal forma que “si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees con el corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom. 10,9).

Sin lugar a dudas, esta confesión de fe en Jesús, como lo acabamos de citar con Pablo ha de ser con los labios y con el corazón, es decir, con la adhesión de la libertad, de toda la persona, con la fe y la caridad, con el dejarse amar por Jesús y el amor incondicional a él, como él nos lo presenta de modo desafiante para nuestra medianía, que no cree con todo el corazón, cuando dice: “quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí… quien pierda la vida por mí la salvará” (Mt.10,37.39). Esto no por un avasallamiento del Omnipotente, sino por la gracia del que me amó y se entregó por mí (Gal. 2,20). Así, pues, en esta fe, que es memoria, que es recibir aquí y ahora el don de Jesucristo, es creer como los leprosos que él nos salva y clamar: Señor, ten piedad, ten misericordia: Kyrie eleison, Christe eleison. Esta fe es también obediencia confiada, como los leprosos que debieron esperar y actuar, es decir, caminar a presentarse a los sacerdotes. Esta fe en el Señor de la misericordia y esta obediencia a su obrar salvador la vivimos en la Iglesia, donde el actúa, como lo oímos a Pablo, por el Evangelio, como Palabra de Dios que no está encadenada, que concede la salvación y da la vida eterna.

La Iglesia donde el Señor de la gloria nos su propia vida por los sacramentos: en el bautismo con él morimos y con él resucitamos por la acción del Espíritu, y somos sellados y ungidos para ser en él cristos, sacerdotes, reyes, profetas y mártires. Y así en el sacrificio de la misa nos une a su entrega y su victoria. Por ello le pedimos que su don se haga vida en nosotros: que con él muramos para con él vivir, que con él nos mantengamos firmes y perseverantes, para con él reinar, que nos libre de toda negación, que en él el Testigo fiel, el Amén del Padre, también nosotros seamos fieles y en la Misa y en nuestra vida digamos nuestro amén, nuestro sí a su entrega, su amor, su fidelidad. La plena madurez, la plena realización de la vida de Cristo en nosotros, es a la que llega el samaritano: la alabanza, la acción de gracias. Aquí la fe se vuelve ofrenda de reconocimiento y gratitud. La alabanza y la bendición, la adoración y la acción de gracias, en cuanto tal no tienen una finalidad fuera de ellas mismas. En ese sentido no son útiles, porque no son instrumento para algo más.

Tienen razón de fin: dar gracias y alabar a Dios es el sentido último, es la razón sin otra razón más. Darle a Dios el honor y la gloria es todo. Por ello, aquí en la Eucaristía, si Cristo nos une a su victoria sobre el pecado y la muerte, si con él nos ofrecemos para la salvación del mundo entero, sobre todo y especialmente, nos entregamos con él en la unidad del Espíritu para dar al Padre todo honor y toda gloria por siempre. En esta celebración del misterio de la fe, brilla el signo de la mujer revestida de sol, la Virgen María. Es ella por un lado la llena de gracia, donde se manifiesta la plenitud y perfección de la creación, la obra acabada de Cristo, la sobreabundancia de los dones del Espíritu, la belleza sin límites de la Iglesia Esposa y Madre. Por eso María es para la comunidad cristiana una fuente inagotable, siempre nueva, de esperanza, de alegría y de acción de gracias. Ella misma, es maestra de cómo proclamar la grandeza del Señor, de cómo alegrarnos en Dios, nuestro Salvador, con el cántico de los labios y el corazón y con la vida de fe, confianza y obediencia de la esclava del Señor, con el servicio y la unidad de la caridad La realidad de la carne de Jesucristo que tomó de María, en la que vivió en el tiempo de Augusto y Tiberio, la realidad de esa misma humanidad gloriosa de Cristo en los cielos, alfa y omega, se hace realidad constantemente presente en el espacio y en el tiempo en y por su cuerpo que es la Iglesia.

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt.28, 20). El reinado de Cristo sobre toda la creación, tiene como germen vivísimo, instrumento suyo, sacramento universal de salvación a su cuerpo y esposa, la Santa Iglesia. Por ello, la presencia de esta pequeña imagen de la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe por más de doscientos años, la coronación solemne por el primer obispo diocesano hace cuarenta años, entran en nuestro acordarnos, hacer memoria de Jesucristo, de su salvación y su gloria en estos extremos de la tierra en estos momentos de la historia, donde él congrega a su pueblo, lo santifica, lo cuida y hace de su Iglesia presencia salvífica para los hombres. Asimismo nuestra consagración a María Santísima, es un acto de ponernos en manos de nuestra Madre, ciertamente cada uno como hijo que la recibió de Cristo en la cruz, y también recibiendo en ella el don de nuestra Santa Madre la Iglesia. Nos ponemos bajo su protección, como pueblo de Dios, como Iglesia, una, santa, católica y apostólica, que peregrina en Canelones, como Iglesia local, con su obispo y su presbiterio, con los diáconos, los religiosos y las religiosas, las familias, y todo los que en ella sirven a Dios. Nuestra consagración a la Virgen, es para que se encienda nuestra fe y caridad, para que vivamos con mayor santidad el don de vida que Dios nos regaló por Cristo, que seamos más dóciles a la obra del Espíritu Santo, que nosotros siervos pobres e inútiles, hagamos con humildad, obediencia y alegría el servicio que se nos encomienda. Que María nos conduzca al máximo de la realidad de Jesús en este mundo, su sacrificio eucarístico y la comunión con él, el Cordero de Dios, para que así con los corazones levantados hacia el Señor nuestro Dios le demos gracias con los labios y con el corazón. Que por Ella y con Ella proclamemos que el Señor hizo y hace maravillas en nosotros. Y así glorifiquemos al Padre, por su Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que murió y resucitó y vive y reina con el Espíritu de Santidad, por los siglos de los siglos. Amén.