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PASEMOS CON CRISTO DE LA MUERTE A LA VIDA.

            En la Pascua culmina el viaje – el camino de la vida – de Jesús, porque es su paso de este mundo al Padre.

            En la vida hay viajes de placer, viajes de estudio, paseos para distraerse. Pero el viaje verdaderamente importante es el mismo viaje de la vida de cada persona y de la humanidad.

Éste viaje pide entender el comienzo, el origen, implica asumir responsabilidades, pide descubrir el sentido de la existencia. ¿de dónde? ¿hacia dónde? ¿por qué? ¿para qué?

No se trata del camino de las hormigas al hormiguero, sino del  sentido de la vida humana, del viaje del hombre a la eternidad, encontrándose consigo mismo, con el prójimo, con Dios. El simbolismo del viaje expresa la búsqueda de la verdad, de la paz, el descubrimiento de un centro espiritual, en la vida en fidelidad a ese centro, en la inmortalidad” (Dict. de symboles, J. Chevalier,  voyage).

Es necesario atisbar la meta a la que vamos, para tener una brújula, una dirección. Es imprescindible descubrir algo o alguien real por lo cual valga la pena morir, y por lo mismo se pueda andar y vivir entregando la vida.

En el verdadero viaje de la vida de cada ser humano y de la misma humanidad hay que enfrentar lo más oscuro, el propio pecado, los engaños y mentiras, los fracasos de uno y de los demás, las injusticias recibidas y producidas, la muerte que todo lo corroe, la violencia y destrucción del otro y de sí mismo. El viaje de verdad es doloroso, lento, pide paciencia y fidelidad.

Nuestra cultura fijada en lo exterior nos introduce en un bosque en el que vemos mal y superficialmente las cosas.

Por un lado de los mayores sinsentidos hace noticias, que corren, que se vuelven anécdotas: guerras, atentados, violaciones, asesinatos, abortos, todo se torna una noticia que pasa tras la otra, como una película fugaz, para saltar a ver otra película.

Por otra parte, una y otra vez se propone como gran respuesta el poder, sea de personas, sea de instituciones, que tienen su parte en la vida, pero que no constituyen el viaje del hombre y, por cierto, muchas veces forman parte de los obstáculos a superar. El poder tiene su lugar, pero ha de dejar lugar a la humildad, a la impotencia, al reconocimiento de que no es verdad que salve al hombre, que pueda crearle un viaje que franquee el mal y la muerte, que otorgue una vida con sentido pleno.

También continuamente se nos proponen rápidas satisfacciones, pequeños centros de interés, que nos lleven de aquí para allá. El viaje de la distracción, la adicción al placer fugaz, la afirmación de lo banal, que distraen y llevan a un verdadero vacío.

En cambio, la Pascua de Jesucristo es la plenitud de su viaje: el Hijo y Verbo eterno se abajó tomando carne y naciendo de una Virgen. Hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado y recorrió el camino de la vida, llevándonos en su carne, asumiendo nuestra pequeñez, teniendo como meta el Padre, como camino hacer su voluntad, paso a paso.

Jesús, cordero inmaculado, por amor a nosotros, lleva sobre sí el pecado del mundo, baja al abismo de la violencia injusta, de la oscuridad de la muerte, asume el rechazo de Dios, que la humanidad quiere expulsar de su propio centro, del amor al  prójimo. La Pascua es su cruz, su abajamiento, su entrega.

Jesús resucitado de entre los muertos y glorificado junto al Padre es el término de su pasión, es el verdadero fin de su viaje, de nuestro viaje, que tiene sentido pleno sólo en la comunión eterna con el Padre,

Jesús vivió la Pascua para nosotros. Por eso su Pascua es un don que nos es ofrecido, una gracia dada a cada hombre, si quiere aceptarla, regalada a la humanidad entera, a fin de poder llevar a plenitud el propio viaje, en el pasaje de la muerte a la vida, del pecado a la reconciliación con Dios, de las tinieblas a la luz, de este mundo al Padre.

Por eso, antes que nada, en esta Pascua de Resurrección, los invito a guardar un poco de silencio, a detenerse en el andar de aquí para allá y a sentarse en el camino, para escuchar el anuncio: Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación, a nosotros que andábamos sin rumbo, nos ofrece el camino hacia el Padre.

Los invito a mirar el viaje de la propia vida y a escuchar la invitación de que nuestra vida sea pascua.  Ante Jesús, miremos la verdad de nuestro viaje y atendamos a la invitación a vivir en toda profundidad, en toda verdad, creyendo en el llamado a ser en plenitud hijos de Dios.

Abriendo el horizonte busquemos juntos como superar una cultura que oculta el sentido del viaje de la vida: su fuente en Dios Creador; su fin en la unión con el Padre y la Vida eterna.

No basta con enseñar algunos valores, para calafatear la sociedad decadente, una cultura de la muerte y el vacío. Es necesaria la sabiduría del sentido de la vida, del viaje que cada uno ha de emprender.

La brújula es la cruz de Cristo. Que en la familia, en cada corazón, en toda la sociedad se eduque a escuchar el Evangelio de Cristo: levántate y anda, porque yo por ti descendí al abismo y subí a los cielos. Ven conmigo y caminemos porque nos ilumina la gracia de Dios.

A todos y a cada uno, a cada familia, y al corazón de todos llegue la luz de Cristo resucitado.

Felices y santas pascuas.