IMG-20141002-WA0000Aunque sea entre palos y cuerdas, podemos ir gustando paso a paso la realización del fresco del ábside de la Catedral, que es una confesión plena de la fe de la Iglesia, la fe trinitaria. Al mismo tiempo es un acto de culto: una proclamación y alabanza de la Santa Trinidad, es pues una manifestación permanente del misterio celebrado en la Eucaristía.

Debajo de la mano que simbólicamente hace presente al Padre, aparece la figura de la paloma, símbolo del Espíritu Santo. Está en el interior de un círculo, símbolo de la divinidad: recibe la misma adoración y gloria que el Padre y el Hijo.

Es enviado por el Padre a Jesucristo: primero en la encarnación del Hijo Unigénito por obra del Espíritu Santo. En segundo lugar, desciende el Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús que asciende del agua del Jordán y el Padre lo proclama como el Hijo en quien se complace.

En la transfiguración el Espíritu Santo está figurado en la nube luminosa que envuelve a Cristo con sus discípulos. Jesús se ofrece en la cruz al Padre en el Espíritu Eterno. Es el Espíritu que da la inmortalidad a la humanidad glorificada de Jesucristo. Y Jesús desde el cielo es dador del Espíritu Santo sobre la Iglesia, sobre cada bautizado y confirmado, ungido con el Espíritu.


Esa comunicación del Espíritu a Cristo glorioso y a su cuerpo, que es la Iglesia, está representado en el fresco por los ríos de fuego que surgen de la paloma y su círculo.